El Bacá había soportado el paso del tiempo escondido en la
soledad del bosque vagando sin rumbo por las lomas del Aguacate Arriba en la
provincia de Gaspar Hernandez, la muerte de su dueño y creador muchos años
anterior a la década de 1930 lo habían dejado solo y condenado a una vida
sumergida en las sombras, aún más que antes.
Su existencia se había reducido a comer en los basureros de las
afueras del horrendo pueblo que estaba al pie de su guarida y recoger monedas,
para esto tenía una especial destreza, no las robaba, solo recuperaba las
pérdidas, las clasificaba por fecha, por tamaño, denominación y alguna que otra
vez dejaba alguna de las más valiosas al pie de la entrada de la Iglesia y se
alejaba rápido y sigiloso, su instinto natural de ser un ser anti natura le
obligaba a alejarse de lugares parecidos.
La casita que una vez sirvió para el guardabosques ahora estaba
casi destruida, cubierta por completo de arbustos y maleza que la hacían
parecer más que una ruina, una protuberancia caprichosa del terreno realidad que
hacía imposible pensar que allí estuviera la guarida del Bacá, en su soledad se
conformaba con contar las modernas, organizarlas, limpiarlas y cuando alguna
vieja columna de la casa estaba por sucumbir al deterioro por el tiempo el Bacá
se las ingeniaba y apilaba varios cientos de miles de modernas para sustituir
la inservible columna, los años seguían pasando y el Bacá empezó a sentir más
la soledad, el maleficio de su creador había asegurado su fuerza sobrenatural y
con esta su inquebrantable salud, no había frío, calor, tempestad o ventisca
que le enfermara, solo sentía náuseas una vez al año cuando el olor del
incienso en la celebraciones de año nuevo llegaban desde el pueblo a lo alto de
su guarida, en los meses siguientes esa inmensa soledad que por ser diferente a
todos los del pueblo le obliga a estar oculto y solo salir de noche a chupar la
sangre de los becerros y comer carroñas; solo una vez al año salía de día
porque nadie era capaz de ir a trabajar los conucos en Viernes Santo, nunca
mataba animales y menos en Viernes Santo, solo vagaba para poder disfrutar de
un aire diferente a la luz del día. Su noción del tiempo estaba regida solo por
las fases de la luna, las lluvias del mes de Mayo y una que otra estrella que
podía ver en algunos meses.
Nadie lo recuerda pero cuando ocurrió la desgracia que dejó al
Bacá solo por siempre él tomó como nombre Mariano, como el primogénito del
mejor amigo de su dueño, esa historia es vieja y el Bacá, ahora Mariano no la
quiere recordar.
Un Viernes Santo de 1932 posiblemente bisiesto, Mariano vio como
todas las Mauras sobrevolaban una parte del terreno y se adelantó a probar
primero del festín, al llegar las náuseas lo dominaron y se dio cuenta del
peligro que corría al ver a la distancia a los habitantes del pueblo rodeando
al cadáver de un hombre que no pudo reconocer, ni por contextura ni por forma,
los rezos inundaban el silencio y la guardia empezaba a retirarlo, un hombre
conocido como el Brujo del Pueblo empezó un extraño ritual en base a incienso y
agua dudosamente bendita, Mariano se sentía morir y se arrastró sin ser visto y
como pudo hasta su guarida, al llegar nada mejoró, sus ojos rojizos ardían, la
fuerza que siempre lo había acompañado parecía haberle abandonado y cayó en un
sueño profundo y enfermizo, seis días después vio la luz, sentía hambre y casi
no podía caminar, el pánico casi lo dominaba, más de cien años sin sentir ni
frio y ahora ser incapaz de caminar, no era para menos, se arrastró por la casa
y tomó un poco de agua, sitió el sabor a tierra de esta e hizo un esfuerzo para
tragarla, intentó convertirse en un Sarnicaro para así poder cazar algún ave
pero no pudo, lo intentó varias veces y en medio del tremendo cansancio que lo
dominaba no pudo logarlo así que no lo intentó más y finalmente se convirtió en
una rata, tan pequeña como sus energías se lo permitieron y así ir a buscar que
comer en donde pueda, lo que sea.
Entraba la penumbra de una tarde que sería más breve que lo
normal y una vez saciada su hambre volvió a su aspecto habitual en donde sus
sentidos eran más agudos y donde pudo sentir el peligro eminente, escuchaba a
la guardia buscando entre los matorrales al asesino del hombre que Mariano no
pudo reconocer, cada vez los escuchaba más cerca, el pánico no era sentimiento
que Mariano conociera, pero una inusual incertidumbre lo acogía, las pisadas
retumbaban en su cabeza como si caminaran sobre él, sus ojos rojizos dilataban
sus pupilas para ver mejor, su raro pelaje se erizaba sobre cada poro de su
cuerpo y se preparaba para lo peor, de repente las pisadas estaban sobre el
manto de hiedra que escondía la entrada de la guarida, Mariano aguardaba en
silencio esperando no ser visto, las voces se escuchaban claramente decir,
-Seguro está por aquí. –Por allá decían otros. Mariano aguardaba en silencio y
decidido, de repente una luz amarillenta penetró por la guarida y Mariano con
un rugido solo comprensible por su naturaleza, salió corriendo entre los
hombres que solo pudieron ver un celaje negruzco y su figura de hombre animal
que paso entre ellos dejándolos sorprendidos, inmediatamente y como si de un
trance se tratara cayeron todos hincados y empezaron a persignarse golpeando
sus pechos pidiendo perdón por sus pecados no toque la casualidad de que ese
sea el último día de sus vidas, un disparo al aire iluminó el denso bosque por
un segundo y dejó en la mente de todos el recuerdo de una bestia alejándose por
un lado y ellos por otro.
Todavía al día de hoy se escuchan las leyendas de los más viejos
decir que Enrique Blanco el hombre que mató al desconocido se les había
aparecido y como un rayo se convirtió en una bestia con aspecto de hombre y
desapareció dejando el bosque oscuro y solitario y que desde ese entonces nadie
más ha vuelto a lomas del Aguacate Arriba en la provincia de Gaspar Hernandez,
tal vez Mariano todavía viva en su guarida llena de monedas.

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