lunes, 15 de abril de 2019

El Bacá




El Bacá había soportado el paso del tiempo escondido en la soledad del bosque vagando sin rumbo por las lomas del Aguacate Arriba en la provincia de Gaspar Hernandez, la muerte de su dueño y creador muchos años anterior a la década de 1930 lo habían dejado solo y condenado a una vida sumergida en las sombras, aún más que antes.

Su existencia se había reducido a comer en los basureros de las afueras del horrendo pueblo que estaba al pie de su guarida y recoger monedas, para esto tenía una especial destreza, no las robaba, solo recuperaba las pérdidas, las clasificaba por fecha, por tamaño, denominación y alguna que otra vez dejaba alguna de las más valiosas al pie de la entrada de la Iglesia y se alejaba rápido y sigiloso, su instinto natural de ser un ser anti natura le obligaba a alejarse de lugares parecidos.

La casita que una vez sirvió para el guardabosques ahora estaba casi destruida, cubierta por completo de arbustos y maleza que la hacían parecer más que una ruina, una protuberancia caprichosa del terreno realidad que hacía imposible pensar que allí estuviera la guarida del Bacá, en su soledad se conformaba con contar las modernas, organizarlas, limpiarlas y cuando alguna vieja columna de la casa estaba por sucumbir al deterioro por el tiempo el Bacá se las ingeniaba y apilaba varios cientos de miles de modernas para sustituir la inservible columna, los años seguían pasando y el Bacá empezó a sentir más la soledad, el maleficio de su creador había asegurado su fuerza sobrenatural y con esta su inquebrantable salud, no había frío, calor, tempestad o ventisca que le enfermara, solo sentía náuseas una vez al año cuando el olor del incienso en la celebraciones de año nuevo llegaban desde el pueblo a lo alto de su guarida, en los meses siguientes esa inmensa soledad que por ser diferente a todos los del pueblo le obliga a estar oculto y solo salir de noche a chupar la sangre de los becerros y comer carroñas; solo una vez al año salía de día porque nadie era capaz de ir a trabajar los conucos en Viernes Santo, nunca mataba animales y menos en Viernes Santo, solo vagaba para poder disfrutar de un aire diferente a la luz del día. Su noción del tiempo estaba regida solo por las fases de la luna, las lluvias del mes de Mayo y una que otra estrella que podía ver en algunos meses.

Nadie lo recuerda pero cuando ocurrió la desgracia que dejó al Bacá solo por siempre él tomó como nombre Mariano, como el primogénito del mejor amigo de su dueño, esa historia es vieja y el Bacá, ahora Mariano no la quiere recordar.

Un Viernes Santo de 1932 posiblemente bisiesto, Mariano vio como todas las Mauras sobrevolaban una parte del terreno y se adelantó a probar primero del festín, al llegar las náuseas lo dominaron y se dio cuenta del peligro que corría al ver a la distancia a los habitantes del pueblo rodeando al cadáver de un hombre que no pudo reconocer, ni por contextura ni por forma, los rezos inundaban el silencio y la guardia empezaba a retirarlo, un hombre conocido como el Brujo del Pueblo empezó un extraño ritual en base a incienso y agua dudosamente bendita, Mariano se sentía morir y se arrastró sin ser visto y como pudo hasta su guarida, al llegar nada mejoró, sus ojos rojizos ardían, la fuerza que siempre lo había acompañado parecía haberle abandonado y cayó en un sueño profundo y enfermizo, seis días después vio la luz, sentía hambre y casi no podía caminar, el pánico casi lo dominaba, más de cien años sin sentir ni frio y ahora ser incapaz de caminar, no era para menos, se arrastró por la casa y tomó un poco de agua, sitió el sabor a tierra de esta e hizo un esfuerzo para tragarla, intentó convertirse en un Sarnicaro para así poder cazar algún ave pero no pudo, lo intentó varias veces y en medio del tremendo cansancio que lo dominaba no pudo logarlo así que no lo intentó más y finalmente se convirtió en una rata, tan pequeña como sus energías se lo permitieron y así ir a buscar que comer en donde pueda, lo que sea.


Entraba la penumbra de una tarde que sería más breve que lo normal y una vez saciada su hambre volvió a su aspecto habitual en donde sus sentidos eran más agudos y donde pudo sentir el peligro eminente, escuchaba a la guardia buscando entre los matorrales al asesino del hombre que Mariano no pudo reconocer, cada vez los escuchaba más cerca, el pánico no era sentimiento que Mariano conociera, pero una inusual incertidumbre lo acogía, las pisadas retumbaban en su cabeza como si caminaran sobre él, sus ojos rojizos dilataban sus pupilas para ver mejor, su raro pelaje se erizaba sobre cada poro de su cuerpo y se preparaba para lo peor, de repente las pisadas estaban sobre el manto de hiedra que escondía la entrada de la guarida, Mariano aguardaba en silencio esperando no ser visto, las voces se escuchaban claramente decir, -Seguro está por aquí. –Por allá decían otros. Mariano aguardaba en silencio y decidido, de repente una luz amarillenta penetró por la guarida y Mariano con un rugido solo comprensible por su naturaleza, salió corriendo entre los hombres que solo pudieron ver un celaje negruzco y su figura de hombre animal que paso entre ellos dejándolos sorprendidos, inmediatamente y como si de un trance se tratara cayeron todos hincados y empezaron a persignarse golpeando sus pechos pidiendo perdón por sus pecados no toque la casualidad de que ese sea el último día de sus vidas, un disparo al aire iluminó el denso bosque por un segundo y dejó en la mente de todos el recuerdo de una bestia alejándose por un lado y ellos por otro.

Todavía al día de hoy se escuchan las leyendas de los más viejos decir que Enrique Blanco el hombre que mató al desconocido se les había aparecido y como un rayo se convirtió en una bestia con aspecto de hombre y desapareció dejando el bosque oscuro y solitario y que desde ese entonces nadie más ha vuelto a lomas del Aguacate Arriba en la provincia de Gaspar Hernandez, tal vez Mariano todavía viva en su guarida llena de monedas.

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