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domingo, 5 de septiembre de 2021

Hormiga con Alas

 Cuando empezó el apagón en el barrio, las lámparas de aceite se encendieron aleatoriamente como luciérnagas amarillas que luego languidecen estáticas hasta que se consumen en el silencio de una noche larga y calurosa. Los muchachos salieron y se acomodaron sobre el viejo esqueleto del Chevrolet 57, este cacharro con los neumáticos a blanco y negro, carrocería a dos tonos pintada de crema y azul, es aún el símbolo mudo que grita, desde lo más profundo de la dignidad de una familia que cuelga en las paredes de la casa sombría el retrato del difunto dueño, “que hubo tiempos mejores”.

Una cómplice luna llena permite que dos enamorados caminen abrazados por la calle mientras las fabricantes de rumores ven en la penumbra más de lo que realmente sucede. Al mismo tiempo una jauría de perros tímidos hace vigilia frente a la casa de una meretriz retirada que vive un presente ejemplar.

 Un grupo de niños juega “un do tre pisacolá”. Los más viejos sacan sus mecedoras y observan el juego mientras refrescan sus cuerpos cansados de una vida completa. Una abuela busca en medio de la oscuridad de la noche la hija–nieta a la cual le han crecido los pechos y con ellos las alas de las hormigas.

 El único universitario del barrio llega ebrio a la casa mientras un coro de “Tigüeres” canta desde la acera más alta de la calle una vieja Salsa: "Mataron al negro bembón y solo por un maní". –Un, do, tre pisacolá Tito, dice Fernandito, Los viejos observan callados, uno de los muchachos del Chevrolet 57 habla acerca del equipo de baloncesto de San Carlos y la celebración que hicieron en las Cinco Esquinas, el reloj fluorescente luce muy bonito en su muñeca.

 De repente, una ráfaga de agua sale desde la puerta de la meretriz para los perros en vigilia y luego la puerta se cierra sonoramente. Las fabricantes de rumores cambian de tema cuando pasan los enamorados nuevamente. “Un, do tre pisacolá Ñengo” –dice Fernandito– Ñengo se suma a Tito esperando ser liberado por otro de los amiguitos ocultos en algún lugar. La abuela sigue buscando a la Hija–Nieta que tiene pelo negro, largo y lacio. El coro de “Tigueres”, canta una quinta Salsa: “oh!, que será, que será, que vive murmurando por las esquinas, que está en la fantasía de los infelices…”. 

Un hombre solitario llega a la pieza en donde vive alquilado, no saluda, nadie lo conoce, no tiene rostro.

 Las fabricantes de rumores minimizan el canto de los tigüeres que cantan Salsa con carcajadas de cristal roto. Un viejo se levanta de su mecedora y entra a su casa. El único universitario del barrio duerme en el mueble de la sala de su casa. A los muchachos del Chevrolet 57, se les une un nuevo camarada que es recibido con algarabía al mismo tiempo que saluda a los panas con un encriptado choque de manos. La línea de luz en la hendija de la puerta de madera de la meretriz se apaga. 

Un, do, tre, pisacolá Alex, dice Fernandito, Alex se suma a Tito y Ñengo que esperan agarrados del poste de luz a un libertador mientras los enamorados conversan en la galería de la casa de ella. La abuela no encuentra a la Hija–Nieta que tiene ojos negros y grandes. 

El coro de “Tigüeres”, canta una octava Salsa: “Como recuerdo el día en que naciste, lloraste como el condenado inocente, en poco tiempo...”. Otra lámpara se apaga y las fabricantes de rumores notaron a la abuela, los muchachos del Chevrolet 57, deciden moverse a otra calle y se marchan por la calle oscura que solo la luna alumbra. 

Un hombre llama a su hijo y Fernandito dice: Un, do, tre, pisacolá Eduard. Eduard atiende el llamado del hombre sin unirse a Tito, Ñengo y Alex, que aún esperan mientras Fernandito mira por todas partes atento a que uno de los escondidos no salga y le patee la latita liberando a Tito, Ñengo y Alex. Ahora los “Tigüeres” mientras se alejan cantan menos enérgicos: "Casanova, tus bailas muy bien la salsa, Casanova y cantas también opera ", en medio de la oscuridad de la calle una sombra veloz sale y patea una lata, todos los escondidos salen saltando y gritando libertad, libertad, libertad, los viejos ríen y vociferan, los “Tigüeres” siguen cantando, los enamorados se despiden y las fabricantes de rumores están atentas al beso de despedida. 

La abuela encontró a su Hija–Nieta, sonrojada, con las mejillas rosadas y la piel erizada, en medio de la desgracia venidera, porque se ha perdido su hormiga, la abuela le pide a Dios todo poderoso, invadida por sentimientos de culpa, decepción y cansancio que esta vez no llene el vientre de su Hija-Nieta con un nieto–bisnieto-hijo.


miércoles, 7 de julio de 2021

La Pollita perfecta

 


                                            Por Jesús W. Del Carpio S.  6 de julio 2021 

La gallina aletea, y con la brisa levanta escombros, polvo y aserrín de la tierra firme, cloquea incesantemente al mundo que dejó de ser pollita, gracias a la maravilla de su maternidad; se pueden ver bajo la luz de un día primaveral, cuatro óvalos impecables recostados sobre el lecho de paja que ella misma construyó, picazo a picazo, paso a paso, sobre la tierra, lejos de las manos que diezman el producto de las aves de corral; corre entre pasto y maleza, entre laguna y tronco podrido, no repara en orugas, lombrices o semillas, sino que se concentra en lo que es, siente y vive, por eso cacarea; deja trillos con su andar, un laberinto para confundir a quien busque los frutos de su útero, para que no encuentre.

El instinto de madre, más fuerte que el miedo, la arrastra de vuelta a sus retoños. Corre mientras su cuello va a ras con la tierra, patas abiertas, casi vuela. Alguien ha roto el orden del catre. Huele a ruina. Luce como si el sol hubiera desprendido sangre y pintara de amarillo los charamicos que entretejió meticulosamente, que ahora no son más que restos y despojos. Al perro Kaki no le han quemado la boca, por lo que comer huevos y destruir nidos sigue siendo su pasatiempo. ¡Kaki desconsiderado! La gallina, engrifada, llega y lo picotea. La escena se torna en una nube indescifrable de pelos, plumas y polvo. El huye desorientado, como quien ha perdido una parte de sí, dejando a su paso un rastro serpenteante y rojizo. Ella agoniza sobre el desorden, sintiendo dolor en sus patas, como rotas, notando huesos donde no corresponde. Hay caos. Es naturaleza, entre crueldad y belleza.

Rabia. Locura. Negación. Melancolía. Aceptación. Así transcurrieron los días. 

Ya es verano, Kaki se aparta del trayecto del ave, se retuerce para buscar un ángulo donde no la pierda de vista, sin dar la espalda. La mira de lejos, con respeto y de reojo, con su único ojo. Ya no come huevos, los últimos le costaron un lado de su mirada. Ella, coja, se detiene para cubrir con sus alas su nueva camada. Y ellos, los vecinos, visitan para ver si son sólo cábalas el cuento de la pollita perfecta que al hacerse gallina le crecieron espuelas para defender la sangre de su sangre.


 (Redactado con el propósito de ilustrarle a un joven estudiante, que puede haber párrafos largos de una sola oración, y oraciones tan cortas como una palabra).

lunes, 15 de abril de 2019

El Bacá




El Bacá había soportado el paso del tiempo escondido en la soledad del bosque vagando sin rumbo por las lomas del Aguacate Arriba en la provincia de Gaspar Hernandez, la muerte de su dueño y creador muchos años anterior a la década de 1930 lo habían dejado solo y condenado a una vida sumergida en las sombras, aún más que antes.

Su existencia se había reducido a comer en los basureros de las afueras del horrendo pueblo que estaba al pie de su guarida y recoger monedas, para esto tenía una especial destreza, no las robaba, solo recuperaba las pérdidas, las clasificaba por fecha, por tamaño, denominación y alguna que otra vez dejaba alguna de las más valiosas al pie de la entrada de la Iglesia y se alejaba rápido y sigiloso, su instinto natural de ser un ser anti natura le obligaba a alejarse de lugares parecidos.

La casita que una vez sirvió para el guardabosques ahora estaba casi destruida, cubierta por completo de arbustos y maleza que la hacían parecer más que una ruina, una protuberancia caprichosa del terreno realidad que hacía imposible pensar que allí estuviera la guarida del Bacá, en su soledad se conformaba con contar las modernas, organizarlas, limpiarlas y cuando alguna vieja columna de la casa estaba por sucumbir al deterioro por el tiempo el Bacá se las ingeniaba y apilaba varios cientos de miles de modernas para sustituir la inservible columna, los años seguían pasando y el Bacá empezó a sentir más la soledad, el maleficio de su creador había asegurado su fuerza sobrenatural y con esta su inquebrantable salud, no había frío, calor, tempestad o ventisca que le enfermara, solo sentía náuseas una vez al año cuando el olor del incienso en la celebraciones de año nuevo llegaban desde el pueblo a lo alto de su guarida, en los meses siguientes esa inmensa soledad que por ser diferente a todos los del pueblo le obliga a estar oculto y solo salir de noche a chupar la sangre de los becerros y comer carroñas; solo una vez al año salía de día porque nadie era capaz de ir a trabajar los conucos en Viernes Santo, nunca mataba animales y menos en Viernes Santo, solo vagaba para poder disfrutar de un aire diferente a la luz del día. Su noción del tiempo estaba regida solo por las fases de la luna, las lluvias del mes de Mayo y una que otra estrella que podía ver en algunos meses.

Nadie lo recuerda pero cuando ocurrió la desgracia que dejó al Bacá solo por siempre él tomó como nombre Mariano, como el primogénito del mejor amigo de su dueño, esa historia es vieja y el Bacá, ahora Mariano no la quiere recordar.

Un Viernes Santo de 1932 posiblemente bisiesto, Mariano vio como todas las Mauras sobrevolaban una parte del terreno y se adelantó a probar primero del festín, al llegar las náuseas lo dominaron y se dio cuenta del peligro que corría al ver a la distancia a los habitantes del pueblo rodeando al cadáver de un hombre que no pudo reconocer, ni por contextura ni por forma, los rezos inundaban el silencio y la guardia empezaba a retirarlo, un hombre conocido como el Brujo del Pueblo empezó un extraño ritual en base a incienso y agua dudosamente bendita, Mariano se sentía morir y se arrastró sin ser visto y como pudo hasta su guarida, al llegar nada mejoró, sus ojos rojizos ardían, la fuerza que siempre lo había acompañado parecía haberle abandonado y cayó en un sueño profundo y enfermizo, seis días después vio la luz, sentía hambre y casi no podía caminar, el pánico casi lo dominaba, más de cien años sin sentir ni frio y ahora ser incapaz de caminar, no era para menos, se arrastró por la casa y tomó un poco de agua, sitió el sabor a tierra de esta e hizo un esfuerzo para tragarla, intentó convertirse en un Sarnicaro para así poder cazar algún ave pero no pudo, lo intentó varias veces y en medio del tremendo cansancio que lo dominaba no pudo logarlo así que no lo intentó más y finalmente se convirtió en una rata, tan pequeña como sus energías se lo permitieron y así ir a buscar que comer en donde pueda, lo que sea.


Entraba la penumbra de una tarde que sería más breve que lo normal y una vez saciada su hambre volvió a su aspecto habitual en donde sus sentidos eran más agudos y donde pudo sentir el peligro eminente, escuchaba a la guardia buscando entre los matorrales al asesino del hombre que Mariano no pudo reconocer, cada vez los escuchaba más cerca, el pánico no era sentimiento que Mariano conociera, pero una inusual incertidumbre lo acogía, las pisadas retumbaban en su cabeza como si caminaran sobre él, sus ojos rojizos dilataban sus pupilas para ver mejor, su raro pelaje se erizaba sobre cada poro de su cuerpo y se preparaba para lo peor, de repente las pisadas estaban sobre el manto de hiedra que escondía la entrada de la guarida, Mariano aguardaba en silencio esperando no ser visto, las voces se escuchaban claramente decir, -Seguro está por aquí. –Por allá decían otros. Mariano aguardaba en silencio y decidido, de repente una luz amarillenta penetró por la guarida y Mariano con un rugido solo comprensible por su naturaleza, salió corriendo entre los hombres que solo pudieron ver un celaje negruzco y su figura de hombre animal que paso entre ellos dejándolos sorprendidos, inmediatamente y como si de un trance se tratara cayeron todos hincados y empezaron a persignarse golpeando sus pechos pidiendo perdón por sus pecados no toque la casualidad de que ese sea el último día de sus vidas, un disparo al aire iluminó el denso bosque por un segundo y dejó en la mente de todos el recuerdo de una bestia alejándose por un lado y ellos por otro.

Todavía al día de hoy se escuchan las leyendas de los más viejos decir que Enrique Blanco el hombre que mató al desconocido se les había aparecido y como un rayo se convirtió en una bestia con aspecto de hombre y desapareció dejando el bosque oscuro y solitario y que desde ese entonces nadie más ha vuelto a lomas del Aguacate Arriba en la provincia de Gaspar Hernandez, tal vez Mariano todavía viva en su guarida llena de monedas.

lunes, 8 de abril de 2019

Conoce el Ambiente


El presente
Una noche mucho tiempo después del hecho jugábamos Dominó, la jugada era evidente, sacrifiqué mi doble tres y cuadré con el cuatro tres para la capicúa; los ojos de mi frente brillaron de satisfacción y antes de colocar la ficha, le preguntó al perdedor con voz grave: - “¿Conoce el ambiente?”, la risas de la capicúa se hicieron presentes y seguía la próxima ronda de cerveza; alguien preguntó, ¿qué es eso de…“Conoce el ambiente”?
Los que sabíamos la historia recordamos al Socio y brindamos entre risas, ¡Que viva el Socio!

Después del hecho
Mi abuelo era un hombre del siglo antepasado, a sus más de ochenta, luchaba por conservar la virilidad que caracterizaba a un hombre de su tiempo; madrugador, recto, de habla pausada y carácter recio, las veces que se le vio sonreír fueron pocas, respetuoso de todos y siempre con su puñal discretamente terciado en su cintura, de pañuelo en bolsillo, sombrero, perfumado con sándalo y rostro sin barba; visitaba a sus hijas de la capital cuando muy a su pesar tenía que ser revisado por un médico a insistencia de ellas.

En una de esas visitas, coincidió con el hecho que relato más adelante, la conversación con el abuelo de forma muy breve fue la siguiente.
¿Y usted no llamó a la policía? No Papá, ya esa gente tiene un espacio,
-¿Y usted entró a ese sitio?, No papá, nos fuimos.
¿Y como fue que le preguntaron?, Que si conocía el ambiente, que era un ambiente Gay.
¿Ambiente Gay, que es eso?, los Gay son los hombres que les gustan los hombres.
¿Ah, como los maricones?, Si Papá.
¿Y usted conoce el ambiente?, No Papá
-Bueno, no conozca ese ambiente; mientras me miraba seriamente.





El hecho y El Socio
El Socio, era un hombre común, de esos que viven como la canción Las Cuarentas de Rolando la Serie, así que le daba igual andar con sus contemporáneos como con mozalbetes; la noche empezó normal y fue tomando un matiz más bohemio con el pasar de las horas, los cuatros jóvenes esperábamos al  Socio que nos llevaría en su Chevrolet Cavalier a dar una vuelta por algunos sitios de la ciudad.
Primero una parada en la casa del compadre del Socio, un músico bebedor amante de la bachata, yo no pasaba de Merengue, pero luego de un par de tragos y las caderas sensuales de las mulatas que encontramos en la casa del amigo, debuté con mis primeros pasos al compás de la canción Calumnias Odio y Rencor, los vítores no indicaban que era un buen bailador, solo dejaban en evidencia mi desinhibición producto del Brugal antes de la hora de la cena, tres bachatas más y el Socio se vio forzado a cumplir su compromiso de darle una vuelta a los muchachos, nos marchamos de la casa del amigo cada uno con un par de tragos en la cabeza y empezamos la aventura.

La ciudad de Santo Domingo tiene muchos secretos pero no es tan discreta como para esconder lugares que solo se mencionan pasada ciertas horas de la noche, El Socio no tenía una ruta determinada así que para ir entonando compramos cada uno una cerveza incluida la del Socio que iba manejando, con cerveza en mano el Socio aceleró el Chevrolet por la calle Maria Montéz con dirección al Borinquén o mejor conocido como Herminia en Villas Agrícolas; Antes de bajarnos del Chevrolet el Socio dijo, -- Nadie hable; no fue necesaria la discreción para sobornar el portero y darnos acceso a muchachos sin cedula al submundo que sabíamos que existía pero que desconocíamos totalmente.

Ya dentro de lugar un personaje llamado Papito Timbal tocaba en la tarima, mirábamos al Socio con interrogantes que decían que si eso era Herminia, un hombre tocando timbales, sabíamos que había algo más y Papito Timbal aunque afanosamente golpeaba con los palitos los timbales no cumplía las expectativas de lo que se escuchaba pasaba en esos lugares, luego del número de Papito Timbal, salió al escenario un señor con un huacal de refrescos en la cabeza haciendo malabares y llegó a nuestra mesa el famoso servicio que no era más que la provisión de alcohol al triple del precio y consistía en un Pitufo nombre popular del Barceló Premium Ligth con el lebrillo pequeñito con cubos de hielo y dos Coca Cola, luego el centelleo de las luces y el aviso de que Flor de primavera subiría a la pista, aplausos de los borrachos de las otras mesas y las hormonas de nosotros excitadas por el alcohol y sabiendo que veríamos una mujer desnuda bailar, las luces bajaron intensidad y un reflector de luz dibujaba un circulo de luz roja en el centro de la pista, Flor de Primavera salió al escenario con rostro de cera carente de toda expresión, pareciera que había dejado su alma en otro lugar, su cuerpo se movía mecánicamente en el centro del circulo de luz ante los borrachos que vociferaban, Flor de Primavera bailaba y no reía, sé que mirábamos sus pechos, pero también su cara, luego mirábamos a los borrachos y luego nos mirábamos entre nosotros, Flor de Primavera seguía bailando, luego de muchos golpes de barriga tiró su sostén al suelo junto con su dignidad y después de los aplausos lo recogió y se fue para dar paso a otras como ella, mientras intentábamos entender con tragos lo que habíamos presenciado, contrariando al Socio lo convencimos y nos marcharnos del lugar para no seguir siendo testigos de cómo la vida le juega cruelmente a algunos.


La ruta del Socio era un poco atípica, nos condujo a la Vieja Habana en Villa Mella, Son y Bachata, Chicharrón y más cervezas se mezclaban peligrosamente en nuestro torrente sanguíneo, las horas pasaban y el Socio quería demostrar que conocía todos los rincones de la cuidad, no duramos mucho en la Vieja Habana, la elegancia del baile de Son intimida al inexperto y no estaba en los planes quedarnos mirando la noche entera, la opción, retirarnos y retornamos a la parte baja, el Chevrolet se balanceaba por las avenidas hasta llegar a Villa Consuelo, no nos imaginábamos que  en el foro del parque de Villa Consuelo, casi frente a la Iglesia estaría el Bonsua otro antro igual que Herminia pero de menor nivel, el portero nos revisó para confirmar si estábamos armados y con toda la naturalidad le dio paso a la trulla, al parecer la edad no era impedimento para acceder a esos lugares, de mejor aspecto en su interior el espectáculo de Herminia se repitió con otro nombre dentro del Bonsua, otra mujer de rostro de cera y cuerpo si alma hacia los mismos movimientos que Flor de Primavera hizo en Herminia y no queríamos más de lo mismo, así que nuevamente sacamos al Socio del lugar y nos marchamos.

Sin rumbo y ya avistando la madrugada, empezamos a deambular por cada bar, cada discoteca, en su mayoría todos estaban cerrando, todos despedían la noche y ya estaban hartos de borrachos con bolsillos vacíos, el último lugar al que llegamos no pasamos de la puerta, aquí se inicia el origen de la pregunta previo a tantas capicúas, el portero del lugar al momento de yo intentar entrar al local puso su mano en mi pecho, todo un desafío para un borracho que anda con su trulla, mi expresión lo puso en alerta y cambiando a tono respetuoso me preguntó, Disculpe señor, “¿Conoce el ambiente?”, la pregunta era muy extraña, ¿qué ambiente podía haber en una discoteca?, lo poco que quedaba sin estar ebrio de mi cerebro reaccionó y contesté con otra pregunta,  “¿De qué ambiente tú me estás hablando?”, en el mismo tono respetuoso, Ambiente Gay señor, esta es una discoteca Gay, solo sentí como el socio me tomó por el brazo y en menos de tres segundos estábamos todos en el Cavalier, riendo y sorprendidos, algunos incrédulos, y lo más sensato que se escuchó decir al Socio fue, “ya si se acabó esta vaina, vamos cada quien para su casa”.


Fin de la noche.

lunes, 1 de octubre de 2018

El cumpleaños de mi amiga la Profe.



Teníamos muchos cumpleaños pasados e ignorados, no porque no eran importantes sino porque no eran trascendentes como esos que marcan etapas, 15, 20, 30 y esos 40 que marcan de una u otra forma la vida de una persona, no me dijo cuántos son, no me interesa, pero si me dijo que me quería en su fiesta y como la conozco sé que algunas invitaciones son como renovar los votos, si faltaste algo dejaste morir y pasas al Inframundo de los conocidos, a ese círculo público de los amigos, pero no de los hermanos, así lo pensé y le dije, -Claro, allí estaré.

Llego el viernes y pasó lo que temía, la fiesta de cumpleaños de mi amiga la profe no era una reunión de amigos cercanos, era todo un evento en la calle más tranquila del barrio que los viernes y luego de las 5:00 se convierte en una especie de carnaval barrial de pechos brillantes y perfumados, pantalones apretados, pasolas pimpeadas, gorras de los Yanquis, falsificaciones de Conocidos diseñadores, humo de Huka, motor calibrado, carros con música alta, cervezas en mano y salsa, merengue, bachata y mucho reguetón, más del que soportan mis oídos, menos del que quisieran oír los gozosos asistentes a la fiesta de mi amiga la profe.

A mi llegada ella no estaba pero pude distinguir un par de conocidos en una mesa decorada, ellos en su mejor gala, Moreta, Tilapia, Nando, el teniente y un par más, me acerqué y me ofrecieron gentilmente una silla, nos saludamos y antes de que pudiera vocear, no se puede hablar tranquilo en esos lugares, puse sobre la mesa mi regalo, me acomodé entre ellos y unos minutos más tardes un aplauso de todos recibía a mi amiga la profe, entraba por la puerta como siempre, con una brillante sonrisa en su regordete y hoy maquillado rostro, agitando su mano y recibiendo el cariño de todos, la felicidad tiene cara de abrazos y la vi feliz, su alegría crecía con cada abrazo, me levante a saludarle y también le di un abrazo, sincero de hermano y de amigo.

Bachata, salsa, merengue y reguetón, el ciclo se repetía y en un momento no sabía cómo salir del círculo infinito de altos decibeles.
 
Las luces centellearon y una bandeja iluminada con una vela Romana y botellas de Champán llegaron a nuestra mesa, los altavoces sonaban con feliz cumpleaños y el DJ, felicitaba a mi amiga la profe como la tremenda persona que es en su barrio y donde quiera que pise, y le dedicaba una de sus Salsas favoritas, a la mitad la música fue interrumpida por un reguetón y otra bandeja con velas y Wiski pero para la mesa de según ella, “Los Capos”, los aplausos y risas empezaron, luego de que el reguetón fue detenido y otra bandeja con una vela y champán fue a la mesa de mi amiga la profe, La Salsa continuó en el mismo punto, un par de salsas más y la bandeja volvió a la mesa de “Los Capos”, reanudando el reguetón, así pasó un par de veces y el provocativo ritual de demostrar poder continuo un par de veces, mi preocupación aumentaba con cada botella de Champán a la mesa de mi amiga la profe, un par de mesas hacían lo mismo pero noté la competencia con la mesa de “Los Capos” y sensatamente decidí marcharme mi nivel de tolerancia al ruido y a la presión de una posible riña habían sido superada, al levantarme mi amiga la profe me acompañó a mi vehículo para despedirme y le referí el incidente y que gastar en una discoteca para competir con un grupo que se hace llamar “Los Capos” no es nada inteligente. 

Nuevamente mi amiga la Profe me dejo en una pieza, con una carcajada su argumento fue este, -Y de que cuartos tú me hablas, todas esas botellas son un regalo de mi amigo el dueño del bar, esos palomos quieren competir, ellos compran una bandeja en siete mil pesos y mi amigo del bar les tumba su reguetón y me envía una botella a mi mesa para que ellos tengan que comprar otra, en tres botellas mi amigo gasta 600 pesos y ellos gastan veintiún mil, yo los pongo a gastar y mi cumpleaños sale gratis, además dime tu, quien se atreve a meterse conmigo y en mi barrio, yo soy la profe mijo.

domingo, 8 de abril de 2018

También me llamo W...


Por Jesús W. Del Carpio Santana (Chucho)

Desde muy pequeño respondí al nombre de Chucho. Me imagino en la casa de la calle Altagracia #56, en Higüey, reaccionando al grito: “Chucho, desencarámate de ahí, muchacho, que te vas a romper la crisma”.

Al menos seis años debía tener cuando me di cuenta que Chucho era sólo un apodo y que mi nombre verdadero era Jesús Del Carpio. Mi hermano Wellington acostumbraba a  provocarme apuntando con su dedo índice la hebilla de mi correa de cuero con las siglas JC, y me preguntaba: “Chucho, ¿qué dice ahí?”. Muy orgulloso de tener la respuesta, sacaba aire de mis pulmones, lo filtraba a través de la rendija que se hacía entre mi lengua y mi encía, que le faltaban los cuatro peloteros*, y respondía: Jezuzz Carpio.

Lo de Carpio llegó a mí  a través de un hombre de mucha fe, vocación de servicio, capacidad de trabajo y nobles principios, Don Lalo Carpio. Tiempo después supe que me correspondía también llevar el apellido de mi madre: Santana. Con orgullo he llevado la marca y genes de mujer tan trabajadora, de extrema sencillez, correcta, responsable y notable humildad, Doña Bertha. Tener un nombre ya no era tan sencillo como antes, pues  pasaba a ser Jesús Del Carpio Santana, de apodo Chucho.

Ese asunto de cargar cada vez con más nombres se me hizo cuesta arriba cuando, siendo niño aún, tomé conciencia de que había otro más que me identificaba. (Antes de mencionarlo, la grandeza de ese nombre merece que usted instale en su mente el sonido in crescendo, incisivo y taladrante que en la película Psycho acompaña escenas de extremo suspenso -Cui-cui-cui-cui-, escúchelo en https://youtu.be/1Wb6ooCrdHY). Esta otra etiqueta no es nada más y nada menos que: Waldeltrudis. Sí, leyó bien: WAL-DEL-TRU-DIS.

Las reacciones de la gente al escucharlo son variopintas. Cuando mis hijos se enteraron de ese nombre, cayeron en trance, pensativos, les noté la mirada perdida por unos segundos; de repente irrumpieron en  carcajadas constantes, burlonas y estrepitosas que no pararon hasta que les di un boche. ¡Qué amenos son esos muchachos! ¡Cuán sinceros pueden llegar a ser esos niños, eh! (Léase con la sonrisa fingida de quien quiere amablemente “arrancarle” la cabeza a un tiguerito jodòn).

Por años ignoré su origen, y a todo el que lo preguntaba le lanzaba mi coartada: que era de origen alemán y que se pronunciaba “valdeltrudis”. Un invento mío, usted sabe, para salir del atolladero. A mis 24 le puse la mano a Internet por primera vez, y al buscar el nombrecito me quedé esperando la respuesta. Hubo años en los que hice  búsquedas sin éxito, hasta que a mis 42 Google hizo su magia y me entregó una caterva de información.

¡Weee, sorpresa! Los años de incógnita habían llegado a feliz término, y pude finalmente echar a un lado mis teorías de conspiración sobre su origen. Resulta y viene a ser que el Waldeltrudis ese que he llevado a cuestas no es más que el nombre de una abadesa* del siglo 7, pues nació en el año 640 y murió el 9 de abril del 688. O sea, que el día de su muerte es también mi día de nacimiento y mi onomástico. Por si acaso lo está pensando, no tengo evidencia de que mi padre lo haya tomado del “Almanaque Pintoresco de Bristol”.
A la señora se le conocían más nombres que’l carajo: Sainte Waudru (en francés), Sint Waldetrudis o Waltrudis (en holandés), Saint Waltrude (en inglés) y Valdetrudis (en español). Por vainas de la vida me pusieron el holandés y para complicar más la pejiguera, el secretario del Oficial del Estado Civil  le metió una ele (L) en el medio, como si no fuera suficiente agravio el sólo hecho de elegirlo. En vez de escribir Waldetrudis, asentó Waldeltrudis en su libro de actas, quedando yo sentenciado legalmente in saecula saeculorum a sentir la incomodidad de la cosa intolerablemente injusta e irrevocablemente estampada.

Ese 9 de abril del 1971 en que nací fue viernes santo. Razón por la cual Doña Dioselina Soto, a quien frecuentemente compraba leche fresca en mi natal Higüey, solía decirme que moriría de viejo. Según ella, un huevo puesto viernes santo se arruga con el tiempo en vez de podrirse. Me salí del tema, ¡volvamo’ al mambo! O sea, acabo de caer en la cuenta de que mis nombres son doblemente católicos y fúnebres: Jesús por nacer el día que se conmemora la pasión y muerte de Jesucristo, y Waldeltrudis por la muerte de la santa.
Mi enllave la santa es patrona de la ciudad de Mons, provincia Henao, Bélgica, donde formó un convento alrededor del cual creció el pueblo. Incluso, una iglesia medieval en esa ciudad lleva su nombre. Eso me da la sensación de que ante cualquier otra coincidencia con el santoral, pudieron haberme llamado Jesús María (con su basílica en Higüey) o Jesús Mercedes (con su respectiva iglesia en Santo Domingo). También caigo en la cuenta de que me ponen el nombre de la patrona de una ciudad belga y nazco en Higüey, pueblo del que María es la patrona. ¡Entre santas me veo!
A pesar de ser un nombre feo para cualquier latinoamericano, últimamente me está resultando muy útil para diferenciarme de los tantos Jesús Del Carpio que hay en este mundo “internetizado”. Después que agregué la “W” a mi cuenta de correo electrónico, he recibido menos correos de las desesperadas pacientes del doctor peruano “J. Del Carpio", a quienes ya he tenido que declinar unas cuantas solicitudes de papanicolaou, consultas sobre flujos vaginales, dolores pélvicos, descensos genitales, etc.
Además, la etimología del nombrecito puede resultar honorable si se interpreta como “gobierno fiel”, pues “Wald” significa gobierno y “trud” fiel. Mejor no me meto en el tema de gobiernos porque el nombre podría oler a podrido. Prefiero dejar esto donde está y agradecer el haberme topetado con datos que satisficieron una necesidad tan banal como conocer el origen de mi nombre. Tan agradecido estoy, que hasta le cogí cariño al nombrecito.
Jesús WAL-DEL-TRU-DIS Del Carpio Santana, Chucho.
* Glosario

* Abadesa: mujer que desempeña el cargo de "superiora" en una comunidad religiosa cristiana que cuenta con, al menos, doce monjas.

* Pelotero: nombre jocoso que se le da en República Dominicana a los cuatro dientes incisivos superiores, supongo que por compararlos con los cuatro peloteros que están en la primera fila defensiva en los juegos de béisbol.

sábado, 20 de enero de 2018

Ojivas nucleares caen en el colegio de Padua



Por Jesús W. Del Carpio Santana (Chucho)
Un día de verano entre 1981 y 1984, siendo pre-adolescentes, Elbimbín nos propuso una aventura magnífica a mi amigo Max y a mí, tomar clases de karate. Las películas chinas que veíamos en el matiné dominguero del cine Payán habían creado un mundo fantástico en su mente. Esta vez no se trataba de imitar karatecas, tirar chupones de chinas(*) al salir de la función o cualquier otro juego infantil. ¡NO-JOJO! Esto era cosa de hombres, de otro nivel, él tenía un propósito muy claro, liderar su propio clan de chicos rudos. El buscaba deslumbrar mujeres, hacerlas sus novias forever-and-ever y patearle el trasero a sus pretendientes adolescentes. La idea de mi camarada encontró terreno fértil en Max y en mí cuando habló de convertirnos en héroes y alzarnos con las chicas.

Elbimbín fue ese amigo con quien había llevado a cabo un importante y exitoso proyecto infantil semanas antes. Un día que pasaba frente a su casa me llamó para jugar a ser médicos. El tenía un paciente imaginario a punto de expirar en la sala de emergencia, y necesitaba un médico auxiliar. Cuando llegué, el quirófano ya estaba preparado. Me dijo: "Doctor, tenemos que operar, le inyectaremos anestesia". Tomó un potecito de anestesia de verdad y una jeringa. Vi cómo inyectaba al paciente con precisión galena, a la vez que se aventaba el vientre de aquel ser humano imaginario. "Ahora operaremos, doctor", susurró cubriendo su boca con la mano, logrando un efecto sonoro al estilo de Darth Vader, y se dispuso a abrir con una "yilé" nuevecita el vientre virtualmente humano. Mi imaginación se esfumó al ver cómo se desparramaba una mezcla rojiza de sangre y anestesia, y se exponían a cielo abierto los intestinos de aquella desdichada lagartija víctima del experimento. Elbimbín dijo decepcionado: "Coño, se murió el paciente!". Al difunto se le hicieron honores de héroe nacional y se le dio cristiana sepultura parecido a como lo hubiera hecho el padre Benito, párroco de la iglesia San Dionisio en aquella época: ¡REQUIEM CANTIM PACE...AAAMEEEN!

Max era un muchacho tranquilo, blanquito, mañoso para comer, que comía arroz sólo si tenía “cachú”. Había venido de retirada desde Nueva York y era el bonitillo que las lugareñas decidían besar cuando jugábamos a "el pico de la botella". En las ocasiones que jugábamos pelota de la pared, se le metía un canal de afuera y gritaba para defender a capa y espada alguna jugada que estuvo en los límites de ser "ao". Recuerdo que cuando tenía que dar su brazo a torcer ante un argumento que consideraba injusto en una discusión, solía presagiar su desquite y la desgracia del otro diciendo: “La verdad siempre triunfa”.

La idea de tomar clases de karate surgió porque Elbimbín había fijado especial atención en conquistar una hermosa adolescente que había ido desde Filadelfia hasta Higüey a pasar las vacaciones de verano. Era lozana, delgada, alta, pelo negro, tenía belleza caucásica, pero fecundada en vientre latino. Su acento gringo y frasecitas en spanglish le daban garbo a su personalidad, y las conversaciones en inglés con sus primas producían un dejo exótico que la hacía más atractiva todavía, sacándonos la babita del deseo. Además, olía a esas maletas que vienen de Nueva York; o sea, a jabones, polvos y perfumes de afuera.

Para iniciar nuestra aventura, partimos desde el parque central hacia el barrio Savica, donde averiguaríamos lo de las clases de karate. Llegamos al triángulo, como le decíamos al parquecito del obelisco, zona de tiendas, limpiabotas y fondas. Doblamos a la izquierda en la tienda de Rumaldo, donde solía pasar ratos admirando carritos Hot Wheels. Luego a la derecha en la calle 27 de febrero, donde más tarde abrirían la Heladería Capri. Cuando cruzábamos en medio de la cancha de baloncesto del colegio de Padua, Elbimbín entendió dentro de su sano juicio que debía devolverse a explorar un tanque-zafacón que habíamos dejado atrás. Max y yo, que seguíamos caminando, nos devolvimos ante el grito entusiasmado de nuestro amigo: "¡Jey, muchachos, vengan a ver!". Eran cerca de las dos de la tarde, la apacible hora de siesta de nuestro pueblo estaba a punto de despertar, sudábamos como potricos, había mucho silencio, pocos carros, apenas se escuchaba ese murmullo indescifrable que sale de los colegios cuando los estudiantes están en plena faena.

Me acerqué al tanque y vi tres huevos podridos que coronaban el montón de basura. Elbimbín los vio como ojivas nucleares aptas para lanzamiento, y con una sonrisa macabra que delataba su entusiasmo susurró excitado: "¡Jey, vamo' a tirá esos huevos hueros al colegio de Padua!". Max dio su aprobación inmediata. Yo no estaba seguro de que fuera una buena idea, pero si íbamos a formar un clan para pelear contra adolescentes mayores y quedarnos con sus chicas, esta me parecía una excelente oportunidad para hacer una ceremonia de iniciación al estilo de la gran logia de los Búfalos Mojados de los Picapiedra.

¡Señores, como son las cosas! ¿Quién carajo le susurró a Elbimbín que él tenía que desviar su ruta para ir a meter la cabeza en un zafacón? ¿A buscar qué fue ese muchacho para allá? ¿Usted se imagina esa vaina? No era uno ni dos huevos, eran tres. ¿Por qué había un huevo para cada uno?

Mis recuerdos no me acaban de confirmar si llegué a tirar alguno, pero estaba metido en el lío y mi sola presencia apoyaba la causa: "Todos para uno y uno para todos". Los cañones hicieron sus lanzamientos, la trayectoria de las ojivas dibujaron un arco imaginario perfecto, igual al de los libros de física de bachillerato, para colarse por el hueco que dejaba la ventana superior de madera. Así como solía caer en el canasto un gancho del baloncestista Kareem Abdul-Javar, así mismo cayeron los tres huevos podridos dentro del aula: ¡PLOFFF!

¡...Y SE ARMÓ EL JUIDERO! Patica, ¿pa’ qué te tengo? Arrancamos a mil por hora cual carrito rojo de carrera, doblamos en dos gomas la esquina de la tienda “El Mismo Reguerete” de Tolito, cruzamos frente a la ferretería de don Arnulfo Rolfott como "la jon(*) del diablo". Elbimbín iba delante por la acera oeste. Max y yo nos alternábamos entre la otra acera y la calle, y por más que me esforzaba él iba de segundo y yo de chorra(*). Esquivamos carros, motocicletas, estudiantes vespertinos retrasados, perros viralatas, vendedores ambulantes, paleteras, doñas que barrían sus aceras, también saltamos peñones y contenes a gran velocidad. Nos detuvimos al extenuar nuestros cuerpos, cuando el aliento nos faltaba. El cansancio me obligó a permanecer un buen tiempo encorvado, apoyando las manos sobre las rodillas y mirando el piso. Al levantar la cabeza vi que estábamos lejos del desastre nuclear y cerca del campo de aviación, en una época en que no aterrizaban avionetas, no había polideportivo y tampoco zona franca, sólo maleza.

Nos recuperamos y caminamos confiados, celebrando nuestra fechoría, con nuestra risa de oreja a oreja, a carcajada batiente. Elbimbín y Max se habían quitado el “poloché” para despistar ojos que injustamente los quisieran involucrar en el hecho. En cuanto a mí, el pudor no me permitía exponer partes íntimas de mi cuerpo en plena calle. De la nada salieron cuatro tipos en dos “pasolas” haciendo bulla y gritando: "¡AQUÍ ESTÁN, ESTOS SON, AGÁRRENLOS!". Vi a Elbimbín a veces en cámara lenta y otras en cámara rápida, “dao al diablo” tirando trompadas y patadas al aire tratando de alejarlos. Se parecía a Maximus Decimus Meridius, el de la película El Gladiador, con coraje, desafiante, encabronado, con ojos de felino salvaje acorralado, tenía...“The Eye Of The Tiger”. Pero na’, no le sirvió de na’, lo agarraron igual que a Max y a mí.

Ahí íbamos, Elbimbín poniendo resistencia como cerdo camino al matadero, agarrándose del piso con sus pezuñas lo mejor que podía. Max se “remeneaba” a veces   y yo estaba resignado. Dos centinelas nos agarraban a cada uno, cuales terroristas de máxima seguridad a punto de trapear el piso y quitar todo el "bajo" esparcido por aquel “material radioactivo”, según nos amenazaban. Mucha gente salió de sus casas y otros tantos dejaron sus puestos de trabajo para averiguar. Yo tragaba en seco y estaba a punto de llorar. Rogaba dentro de mí que no apareciera algún conocido que fuera a contarle la fechoría a mi papá, y que ningún compañero del colegio me viera, pues de seguro me hubieran hecho bulin. Gracias a unos estudiantes hacendosos que nos vieron muy bichos, ellos mismos se encargaron de limpiar. Terminamos cargando dos o tres cubetas de agua solamente.

En ese corito sano nunca más se volvió a mencionar la palabra karate ni lo de arrebatar aquella belleza importada. Nuestra siguiente reunión fue quizás para volver a jugar pelota de la pared. Hasta el sol de hoy mantuvimos un pacto de caballeros no verbalizado de callar lo ocurrido, y de ni siquiera conversarlo entre nosotros. :)



*Glosario

Chorra. En el argot de juegos infantiles dominicanos, llamábamos chorra a aquel que le tocaba el último turno. La usábamos junto a la palabra “tras”, que significaba que un turno se ubicaba detrás del primero; o sea, segundo. Al pactar el orden de los turnos antes de comenzar un juego infantil, solíamos decir: “Yo voy primero, tú tras y él es chorra". También se usaba para enumerar el orden en que se llegaba a la meta en una carrera: “Yo llegué de primero, tú tras y él chorra”.

Chupones de china. Hollejos de naranja.

Jon. Se sabe que la frase “la jon del diablo" se usa para enfatizar cuando algo se mueve velozmente. Pero, ¿qué significa “jon”? Mi teoría es que “jon” es la forma escrita en español para referirse al sonido que emiten los vehículos cuando van en alta aceleración. (Imite el sonido de un carro acelerando a ver si se le parece: JON-JON-JON). Por otro lado, según el lenguaje popular dominicano, no hay nada en el cosmos que se atreva a ser mejor que el diablo, ni siquiera un dios, así somos de pintorescos y contradictorios. Por esa razón, cualquier objeto, animal o cosa que se mueva muy rápido es comparado con ese señor. Por ende, la oración “cruzamos frente a la ferretería de don Arnulfo Rolfott como la jon del diablo" significa que si hubiéramos medido nuestra velocidad  (jon), hubiera sido similar a la jon del diablo a su máxima velocidad.

Por Jesús W. Del Carpio Santana (Chucho)

viernes, 29 de diciembre de 2017

El envejecimiento de Rafael Sánchez




Por Leonardo Striddels
Dic. 2017
Conozco a Rafael Sánchez desde el año 2005, desde julio, para ser exactos, y posteriormente a su padre con quien he entablado amistad y a quien llamaremos Sánchez para el beneficio de este relato, hablar con uno y otro confunde mis sentidos al punto que me parece que las últimas ocasiones que me ha tocado verlos me he hecho testigo del singular envejecimiento de Rafa y del especial rejuvenecimiento de Sanchez, en tan poco tiempo, tan sólo en doce años. El envejecimiento es cosa natural de la vida y realmente no sorprende a nadie que Rafa se ponga viejo, pero el tema más ha sido no tanto que se haya puesto todo viejo en doce años, es más que la vejez de Rafa ha hecho que se destaquen sus cualidades más esenciales resaltadas en la juvenil vitalidad de su padre. Así las cosas, las convicciones de Rafa se han vuelto elementales y destacan por su propio carácter. Cuando conocí a Rafa en el 2005 me destacó su manera sencilla y directa de abordar gente y computadoras, sus valores allí, en forma de la foto familiar de sus pequeños Wenibel y Kael; y los atributos de la modernidad en forma del celular y otros pocos gadgets que ya no recuerdo. ¿Pero como ha envejecido?, de una forma que igual parece ha rejuvenecido otra persona, tan diferente y tan parecida que aveces en el disfrute de una conversación mis sentidos me sorprenden identificando si es el uno u el otro, y así hoy en día el celular sigue presente, pero distante, pues ahora la escena la domina una omnipresente máquina de coser, desde donde Sanchez destila una sabiduría concentrada en hilo, agujas, un dedal de bronce y la paciente destreza de quien ha manipulado muchas telas, tanto antier como ayer como hoy mismo. 
 

Sigue enorgullecido de sus hijos, del joven envejeciente Rafael, que es ingeniero y padre de sus dos nietos, y del que por lo general hablamos.  En tan solo doce años la vejez que le ha venido encima a Rafa hace que predomine un caracter honesto, vital, perennemente interesado en la actualidad social y permeado por valores y otros intangibles éticos que buscan la justicia y el bien desde el asiento de madera tras la costurera mecánica.
  

Y es ahí donde me confunden mis sentidos, al ver a ese Rafa de espaldas, entre el uno y el otro, es casi como esos benditos doce años no hubiesen pasado y lo viese concentrado en su escritorio, la vista fija en el laptop con postura algo tensa mientras le bregaba al Windows Server buscando desentrañar sus secretos.
  
Y en tan solo doce años Rafa ha acumulado décadas de sabiduría,  no hay tema de costura, de ropa, de moda que no sepa, sus comentarios sobre esos aspectos triviales de la ropa y las costuras iluminan cada vez más el por qué las prendas de vestir tienen esto y aquello, que antes parecían adornos y ahora resultan ser gadgets de la costura, elementos que una vez demistificados se entiende que están presentes en la ropa porque llevan un cometido interesante en mayor o menor medida.

Yo creo que a Rafa le tomó más de doce años en llegar a ser un excelente conversador, una de las características que más aprecio de él, las primeras exposiciones comenzaron con la experiencia laboral, que en algún momento tocaron una estadía feliz en el Perú, feliz porque tanto disfrute culinario recordado en el paso del tiempo han dejado un deseo -hasta hoy insatisfecho- de hacer turismo culinario por esa tierra en el sur; y si bien ahora nuestras conversaciones ya no tocan temas de comida, sigue entreteniendome con planteamientos que evidencian una vida llena de pasiones, deberes llevados a cabalidad y una lucidez que acrecienta por días, la misma que doce años atrás lo llevó al proyecto e-Nation y que hoy disparan el interés por la actualidad política del mundo: Venezuela, Trump, Catalunya, todos los temas se tocan.  No puedo negar que a veces cedo a mi vicio de orgullo y trato de monopolizar la conversación, Rafa de manera cortés, cordial, me escucha con detenimiento, ilustra mis saberes, y corrige mi ignorancia de forma indirecta, utilizando el relato vivencial y expresando las cosas como realmente fueron y no como las escribieron.  Es posible que desde que Rafa escribió e-Nation al día de hoy su estilo mutó del relato fantástico al mesurado análisis político.

Sánchez, como todo el mundo, ha conocido los sinsabores, No de sus hijos, al principio él pensaba que el pequeño Rafa le iba a salir radiotécnico, pero es uno más de sus motivos de orgullo, es que amén de ser compañero fiel de su esposa en la alegría y la dificultad, también se ha visto amenazado en su integridad física cuando en una intentona criminal unos antisociales que vieron en su cabeza coronada de canas a una víctima fácil perpetraron un ataque persveso en el cual gracias a Dios no sucumbió y su salud sigue buena, para regocijo de su familia y amigos, igual que la de Rafa cuando once años atrás una torpe y negligente guagua Hiundai alevosamente casi le quita la vida.
Y es así que cada sábado, cuando llevo la ropa al negocio de su hijo, busco nutrirme de una amistad que en doce años se me ha brindado con calidez, estima, respeto, entusiasmo y dedicación.

Quisiera envejecer así, aunque doce años sean muy poco tiempo para volverse anciano, como Rafa y joven igual que Sanchez.

viernes, 15 de diciembre de 2017

El Cuento inconcluso



Cazar mariposas no era lo que hacíamos, las exterminábamos con nuestras varas, nos metíamos en el matorral del gran patio y sólo bastaba dar vueltas con las varas en las manos, no nos importaban las mariposas que caían al suelo, sólo queríamos derribar las que volaban, era una diversión cruel que reflejaba el aburrimiento perpetuo de los mocosos que no tienen mucho que hacer o tal vez era un grito muy alto que decía: necesitamos otra cosa que hacer. Sí, era eso, pero no nos entendían o mejor dicho, no nos escuchaban.

Las casas del patio eran una especie caserío en donde una familia vivía en cada división, las casas constaban de una sola una habitación y una cocina, que a veces era una segunda habitación, al igual que todas daban al gran patio donde exterminábamos mariposas. La casa de  Julito el mecánico, estaba justamente en la entrada izquierda frente a la parte trasera del colmado. Julito, era un gigante tan fuerte y tan grande que una vez lo vi sostener a su mujer de pie sobre su mano como el que equilibra un trompo, ella era una mujer pequeña de pelo negro y corto, al contrario de lo que me dice mi madre no la recuerdo bonita, más bien la recuerdo embarazada, con una bata azul hasta los tobillos y sacándole capas al Goliat de su marido en una tarde amarilla.

Al lado de la casa de Julito, vivían “las que viven ahí”, anónimas, indiferentes y distantes, para mí no existían ni siquiera las recuerdo como a la mujer de Julito el mecánico. Al final del patio había una casa totalmente diferente a las demás, era la casa del viejo de la escoba, bastaba que se abriera esa puerta y el patio estaba instantáneamente libre de niños,  aunque nunca supimos quién era en realidad el viejo de la escoba muy pocas veces vimos la puerta abierta.

A quién recuerdo bien es a Dulce, una mujer con cara de maestra de “Kínder Gato”, con la voz como su nombre, a veces nos miraba mientras jugábamos en el patio donde exterminábamos mariposas, y se reía, nos decía cualquier cosa de las que las personas dulces le dicen a un niño y entraba a su casa llena de cosas bonitas como un mueble rojo en medio de la sala; una radio de consola; un florero de cristal; un cuadro de una niña regordeta de rizos dorados y desnuda, que se contaba los dedos del pie sobre un prado; cortinas en la pared, una alfombra verde sobre un piso de cemento amarillo que hacia un contraste con la lámpara de yeso sobre la mesita y otras tantas cosas que me parecían diferentes a todas las otras casas a la que había visitado.

Un día en la tarde, cuando ella llegaba, estábamos jugando los amiguitos Cesarín, Sophia y Mariel –la hija de la mujer gorda que vivía al frente–, Dulce traía sus manos ocupadas con un paraguas, una bolsa y algo que me pareció un álbum de fotos, nos pidió ayuda con la bolsa y yo encantado la ayudé, Cesarin con el paraguas y Mariel con el álbum de fotos, cuando abrió la puerta de su casa nos invitó a pasar, en un instante estábamos todos en la sala de su casa, tranquilitos y escuchando un cuento que ella nos empezó a leer. Era la primera vez que me leían un cuento, mi madre me los contaba, me enseñaba cosas, jugaba a los soldaditos conmigo, hasta me encampanó muchas chichiguas al punto de dejar quemar las habichuelas en más de una ocasión, pero esa era la primera vez que me leían un cuento, no recuerdo el cuento, ya ni recuerdo su voz, sólo recuerdo la expresión de su cara cuando Frank el papá de Dulce llegó, mucho tiempo después supe que no era el papá de Dulce, Frank, era un hombre barrigón y silencioso que siempre vestía de saco, creo que todo el mundo lo conocía pero nadie lo saludaba. Frank, solo iba algunos días en la tarde y uno que otro día de esos festivos, para mí eran los que no había escuela, en los que la gente no trabajaba.

A su entrada Dulce cambió, su voz dejó de sonar relajada y libre, al ver su rostro su expresión rompió la magia del cuento. Culpa de Frank, lo miró y este caminó sin decir nada hacia la cocina que se veía desde la sala, ella cerró el libro y nos dijo que nos haría el cuento luego.


Es increíble lo elocuente que son los ojos, los gestos, los cambios en los tonos de voz, todos nos levantamos en silencio y nos fuimos,  Dulce se quedó con su “Papá”, por lo menos eso creía yo, la puerta se cerro y luego de un largo rato se abrió; Frank se fue dejando a una mujer usada; a una amante sola, vacía y sin algún niño que juegue con los vecinitos a los que ella no les terminó el cuento.

domingo, 14 de mayo de 2017

¿Qué hubiera pasado...?

Cuento de Jesús W. Del Carpio S.  Agosto 2004


- “No. No hay loto, ni lotería, ni apueta’ depoltiva’, ni loto-cuí, ni, ni, ni, ni, ni............”, le respondió la dueña del colmado a Manuel con su español machacado, de forma agresiva y con el ceño fruncido, cuando este le pidió una jugada de loto. Por un par de segundos la señora se quedó en silencio buscando en su mente una forma de descargar su rabia y continuó con su letanía.

- “Ni, ni, ni la gallinita ponedora, ni la vaquita lechera, ni la viejita belén, ni el papelito de la suerte. En ete’ paí’ dede’ que mea un chivo na’ silve’, ya he peldío’ como dié venta de loto porque cayó un aguacero y ahora ni lu’ hay. ¡Toy jarta!”. Una bachata se escuchaba en un radio de baterías destartalado: “Penaaa, es lo que siento en mi aaalma…”.

Mientras el lanzallamas de la señora se manifestaba, Manuel leía un letrero: “Esta banca opera con servicio telefónico de Anyfone”. Ignoró lo visto y oído, y se dispuso a disfrutar el refresco que pidió al llegar al colmado. La Nuez de Adán subía y bajaba al ritmo marcado por cada trago de soda que bajaba por su garganta, y tras de sí se escuchaba el tradicional sonido gutural: “glup, glup, glup.....”.

Cabeza inclinada hacia atrás, con gotas que rodaban por su piel para formar hilos de sudor, bajo un techo de zinc que le cocía hasta los pensamientos, Manuel tragaba incesantemente creyendo que con ello desaparecerían los 35 grados celcius de temperatura y humedad abrazantes que se sintieron después de un aguacero bajo sol de verano.

Cuando se tomó la última gota emitió un “ahhh” de satisfacción, pero la señora le interrumpió su éxtasis: “Señol, señol: su celulal ta’ sonando”.

- “Aló”, dijo Manuel al contestar el teléfono. Escuchó la voz desesperada de su esposa Mariela que dijo: - “MANUEL, JUYE Y TRÁEME LA BOMBITA DE MASIEL, QUE LE ENTRÓ UN ATAQUE DE ASMA”.

De esta forma comenzó la tarde del primer sábado que Manuel tuvo libre en el trabajo desde hace mucho tiempo. No pensó, no preguntó, sólo reaccionó y contestó: -  “Toy saliendo”.

Tiró en el mostrador un billete del cual no le importó la denominación, y la botella, que bailoteó de forma cadenciosa y sugerente teniendo el equilibrio exacto para no caerse. Todo el que vió una camioneta roja arrancar del frente del “Mini-colmado La Esperanza” pensó que llevaba el diablo: las gomas chillaron, el “mofle” lanzó su mejor copazo en años, el motor rugió como si quisiera despegarse del chasis. La camioneta le devolvió a Manuel con potencia cada peso que pagó por ella.

Mientras iba avanzando no sintió el cargo de conciencia de cruzar un semáforo en rojo porque nunca encontró a su paso uno con energía; las gomas surcaron los charcos de agua que se formaron en la avenida principal debido a un aguacero relativamente corto, pero copioso. En algún momento escuchó vagamente voces que al unísono vociferaron “HIJUE LA GRAN PUTA” cuando una goma cayó en un hoyo y empapó de agua sucia a un grupo de estudiantes de politécnico.

Al llegar al edificio donde vivía no estacionó, se detuvo en el lugar más cercano a la puerta. Broncodilatador en mano, corrió despavorido a través del pasillo que lleva a la escalera. Su dedicación al baloncesto no le sirvió para llegar a ser selección nacional, pero le ayudó a subir de tres en tres los escalones.

Mientras tanto, Mariela dejó en cuna a su hijo recién nacido y bajó con la niña para encontrarse con su esposo en el descanso del segundo piso. Masiel respiraba forzosa y agitadamente, su temperatura aumentaba, su tez se había tornado rojiza. Un silbido aterrador acompañaba cada inhalación como viento huracanado que se filtra entre las hendijas de una ventana. El pié izquierdo de la niña desprendió el celular de la cintura de Manuel hasta caer al piso.

- “Uno, dos y tres”. Manuel contaba la dosis exacta mientras le insuflabla el contenido del frasco.

Como si fuera una cuenta milagrosa, sus bronquios se despejaron, el oxígeno fluyó, la tensión disminuyó, Masiel recobró fuerzas para abrazar a su padre y derramar algunas lágrimas. De esa misma manera se le flojaron las coyunturas a los más grandes, se desplomaron en el piso y empezó a llorar la madre.

- “En sus siete años de vida nunca nos había pasado”, dijo la madre. “¿Cómo lo olvidamos en el vehículo?”, dijo el padre.

Tratando de aligerar el aura que imperaba en ese pequeño espacio, Manuel respondió de forma jocosa, entrecortada por el cansancio y respirando profundamente: “eso pasa hasta en las mejores familias”. De esa misma forma agregó: “quizás no nos saquemos el loto, pero retuvimos un gran tesoro”.

Manuel extendió una mano temblorosa, con fuerzas apenas para levantar el teléfono. Mientras miraba el aparato con la vista perdida, pensó en los escasos minutos que transcurrieron desde que salió del colmado. Se preguntó en voz alta: - ¿Qué hubiera pasado si la llamada se hubiera encharcado igual que el agua en las calles? ¿Y si se le hubiera ido la luz a la telefónica como se fue en los semáforos? ¿Y si la línea no hubiera funcionado como en aquel colmado?