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domingo, 8 de abril de 2018

También me llamo W...


Por Jesús W. Del Carpio Santana (Chucho)

Desde muy pequeño respondí al nombre de Chucho. Me imagino en la casa de la calle Altagracia #56, en Higüey, reaccionando al grito: “Chucho, desencarámate de ahí, muchacho, que te vas a romper la crisma”.

Al menos seis años debía tener cuando me di cuenta que Chucho era sólo un apodo y que mi nombre verdadero era Jesús Del Carpio. Mi hermano Wellington acostumbraba a  provocarme apuntando con su dedo índice la hebilla de mi correa de cuero con las siglas JC, y me preguntaba: “Chucho, ¿qué dice ahí?”. Muy orgulloso de tener la respuesta, sacaba aire de mis pulmones, lo filtraba a través de la rendija que se hacía entre mi lengua y mi encía, que le faltaban los cuatro peloteros*, y respondía: Jezuzz Carpio.

Lo de Carpio llegó a mí  a través de un hombre de mucha fe, vocación de servicio, capacidad de trabajo y nobles principios, Don Lalo Carpio. Tiempo después supe que me correspondía también llevar el apellido de mi madre: Santana. Con orgullo he llevado la marca y genes de mujer tan trabajadora, de extrema sencillez, correcta, responsable y notable humildad, Doña Bertha. Tener un nombre ya no era tan sencillo como antes, pues  pasaba a ser Jesús Del Carpio Santana, de apodo Chucho.

Ese asunto de cargar cada vez con más nombres se me hizo cuesta arriba cuando, siendo niño aún, tomé conciencia de que había otro más que me identificaba. (Antes de mencionarlo, la grandeza de ese nombre merece que usted instale en su mente el sonido in crescendo, incisivo y taladrante que en la película Psycho acompaña escenas de extremo suspenso -Cui-cui-cui-cui-, escúchelo en https://youtu.be/1Wb6ooCrdHY). Esta otra etiqueta no es nada más y nada menos que: Waldeltrudis. Sí, leyó bien: WAL-DEL-TRU-DIS.

Las reacciones de la gente al escucharlo son variopintas. Cuando mis hijos se enteraron de ese nombre, cayeron en trance, pensativos, les noté la mirada perdida por unos segundos; de repente irrumpieron en  carcajadas constantes, burlonas y estrepitosas que no pararon hasta que les di un boche. ¡Qué amenos son esos muchachos! ¡Cuán sinceros pueden llegar a ser esos niños, eh! (Léase con la sonrisa fingida de quien quiere amablemente “arrancarle” la cabeza a un tiguerito jodòn).

Por años ignoré su origen, y a todo el que lo preguntaba le lanzaba mi coartada: que era de origen alemán y que se pronunciaba “valdeltrudis”. Un invento mío, usted sabe, para salir del atolladero. A mis 24 le puse la mano a Internet por primera vez, y al buscar el nombrecito me quedé esperando la respuesta. Hubo años en los que hice  búsquedas sin éxito, hasta que a mis 42 Google hizo su magia y me entregó una caterva de información.

¡Weee, sorpresa! Los años de incógnita habían llegado a feliz término, y pude finalmente echar a un lado mis teorías de conspiración sobre su origen. Resulta y viene a ser que el Waldeltrudis ese que he llevado a cuestas no es más que el nombre de una abadesa* del siglo 7, pues nació en el año 640 y murió el 9 de abril del 688. O sea, que el día de su muerte es también mi día de nacimiento y mi onomástico. Por si acaso lo está pensando, no tengo evidencia de que mi padre lo haya tomado del “Almanaque Pintoresco de Bristol”.
A la señora se le conocían más nombres que’l carajo: Sainte Waudru (en francés), Sint Waldetrudis o Waltrudis (en holandés), Saint Waltrude (en inglés) y Valdetrudis (en español). Por vainas de la vida me pusieron el holandés y para complicar más la pejiguera, el secretario del Oficial del Estado Civil  le metió una ele (L) en el medio, como si no fuera suficiente agravio el sólo hecho de elegirlo. En vez de escribir Waldetrudis, asentó Waldeltrudis en su libro de actas, quedando yo sentenciado legalmente in saecula saeculorum a sentir la incomodidad de la cosa intolerablemente injusta e irrevocablemente estampada.

Ese 9 de abril del 1971 en que nací fue viernes santo. Razón por la cual Doña Dioselina Soto, a quien frecuentemente compraba leche fresca en mi natal Higüey, solía decirme que moriría de viejo. Según ella, un huevo puesto viernes santo se arruga con el tiempo en vez de podrirse. Me salí del tema, ¡volvamo’ al mambo! O sea, acabo de caer en la cuenta de que mis nombres son doblemente católicos y fúnebres: Jesús por nacer el día que se conmemora la pasión y muerte de Jesucristo, y Waldeltrudis por la muerte de la santa.
Mi enllave la santa es patrona de la ciudad de Mons, provincia Henao, Bélgica, donde formó un convento alrededor del cual creció el pueblo. Incluso, una iglesia medieval en esa ciudad lleva su nombre. Eso me da la sensación de que ante cualquier otra coincidencia con el santoral, pudieron haberme llamado Jesús María (con su basílica en Higüey) o Jesús Mercedes (con su respectiva iglesia en Santo Domingo). También caigo en la cuenta de que me ponen el nombre de la patrona de una ciudad belga y nazco en Higüey, pueblo del que María es la patrona. ¡Entre santas me veo!
A pesar de ser un nombre feo para cualquier latinoamericano, últimamente me está resultando muy útil para diferenciarme de los tantos Jesús Del Carpio que hay en este mundo “internetizado”. Después que agregué la “W” a mi cuenta de correo electrónico, he recibido menos correos de las desesperadas pacientes del doctor peruano “J. Del Carpio", a quienes ya he tenido que declinar unas cuantas solicitudes de papanicolaou, consultas sobre flujos vaginales, dolores pélvicos, descensos genitales, etc.
Además, la etimología del nombrecito puede resultar honorable si se interpreta como “gobierno fiel”, pues “Wald” significa gobierno y “trud” fiel. Mejor no me meto en el tema de gobiernos porque el nombre podría oler a podrido. Prefiero dejar esto donde está y agradecer el haberme topetado con datos que satisficieron una necesidad tan banal como conocer el origen de mi nombre. Tan agradecido estoy, que hasta le cogí cariño al nombrecito.
Jesús WAL-DEL-TRU-DIS Del Carpio Santana, Chucho.
* Glosario

* Abadesa: mujer que desempeña el cargo de "superiora" en una comunidad religiosa cristiana que cuenta con, al menos, doce monjas.

* Pelotero: nombre jocoso que se le da en República Dominicana a los cuatro dientes incisivos superiores, supongo que por compararlos con los cuatro peloteros que están en la primera fila defensiva en los juegos de béisbol.

sábado, 20 de enero de 2018

Ojivas nucleares caen en el colegio de Padua



Por Jesús W. Del Carpio Santana (Chucho)
Un día de verano entre 1981 y 1984, siendo pre-adolescentes, Elbimbín nos propuso una aventura magnífica a mi amigo Max y a mí, tomar clases de karate. Las películas chinas que veíamos en el matiné dominguero del cine Payán habían creado un mundo fantástico en su mente. Esta vez no se trataba de imitar karatecas, tirar chupones de chinas(*) al salir de la función o cualquier otro juego infantil. ¡NO-JOJO! Esto era cosa de hombres, de otro nivel, él tenía un propósito muy claro, liderar su propio clan de chicos rudos. El buscaba deslumbrar mujeres, hacerlas sus novias forever-and-ever y patearle el trasero a sus pretendientes adolescentes. La idea de mi camarada encontró terreno fértil en Max y en mí cuando habló de convertirnos en héroes y alzarnos con las chicas.

Elbimbín fue ese amigo con quien había llevado a cabo un importante y exitoso proyecto infantil semanas antes. Un día que pasaba frente a su casa me llamó para jugar a ser médicos. El tenía un paciente imaginario a punto de expirar en la sala de emergencia, y necesitaba un médico auxiliar. Cuando llegué, el quirófano ya estaba preparado. Me dijo: "Doctor, tenemos que operar, le inyectaremos anestesia". Tomó un potecito de anestesia de verdad y una jeringa. Vi cómo inyectaba al paciente con precisión galena, a la vez que se aventaba el vientre de aquel ser humano imaginario. "Ahora operaremos, doctor", susurró cubriendo su boca con la mano, logrando un efecto sonoro al estilo de Darth Vader, y se dispuso a abrir con una "yilé" nuevecita el vientre virtualmente humano. Mi imaginación se esfumó al ver cómo se desparramaba una mezcla rojiza de sangre y anestesia, y se exponían a cielo abierto los intestinos de aquella desdichada lagartija víctima del experimento. Elbimbín dijo decepcionado: "Coño, se murió el paciente!". Al difunto se le hicieron honores de héroe nacional y se le dio cristiana sepultura parecido a como lo hubiera hecho el padre Benito, párroco de la iglesia San Dionisio en aquella época: ¡REQUIEM CANTIM PACE...AAAMEEEN!

Max era un muchacho tranquilo, blanquito, mañoso para comer, que comía arroz sólo si tenía “cachú”. Había venido de retirada desde Nueva York y era el bonitillo que las lugareñas decidían besar cuando jugábamos a "el pico de la botella". En las ocasiones que jugábamos pelota de la pared, se le metía un canal de afuera y gritaba para defender a capa y espada alguna jugada que estuvo en los límites de ser "ao". Recuerdo que cuando tenía que dar su brazo a torcer ante un argumento que consideraba injusto en una discusión, solía presagiar su desquite y la desgracia del otro diciendo: “La verdad siempre triunfa”.

La idea de tomar clases de karate surgió porque Elbimbín había fijado especial atención en conquistar una hermosa adolescente que había ido desde Filadelfia hasta Higüey a pasar las vacaciones de verano. Era lozana, delgada, alta, pelo negro, tenía belleza caucásica, pero fecundada en vientre latino. Su acento gringo y frasecitas en spanglish le daban garbo a su personalidad, y las conversaciones en inglés con sus primas producían un dejo exótico que la hacía más atractiva todavía, sacándonos la babita del deseo. Además, olía a esas maletas que vienen de Nueva York; o sea, a jabones, polvos y perfumes de afuera.

Para iniciar nuestra aventura, partimos desde el parque central hacia el barrio Savica, donde averiguaríamos lo de las clases de karate. Llegamos al triángulo, como le decíamos al parquecito del obelisco, zona de tiendas, limpiabotas y fondas. Doblamos a la izquierda en la tienda de Rumaldo, donde solía pasar ratos admirando carritos Hot Wheels. Luego a la derecha en la calle 27 de febrero, donde más tarde abrirían la Heladería Capri. Cuando cruzábamos en medio de la cancha de baloncesto del colegio de Padua, Elbimbín entendió dentro de su sano juicio que debía devolverse a explorar un tanque-zafacón que habíamos dejado atrás. Max y yo, que seguíamos caminando, nos devolvimos ante el grito entusiasmado de nuestro amigo: "¡Jey, muchachos, vengan a ver!". Eran cerca de las dos de la tarde, la apacible hora de siesta de nuestro pueblo estaba a punto de despertar, sudábamos como potricos, había mucho silencio, pocos carros, apenas se escuchaba ese murmullo indescifrable que sale de los colegios cuando los estudiantes están en plena faena.

Me acerqué al tanque y vi tres huevos podridos que coronaban el montón de basura. Elbimbín los vio como ojivas nucleares aptas para lanzamiento, y con una sonrisa macabra que delataba su entusiasmo susurró excitado: "¡Jey, vamo' a tirá esos huevos hueros al colegio de Padua!". Max dio su aprobación inmediata. Yo no estaba seguro de que fuera una buena idea, pero si íbamos a formar un clan para pelear contra adolescentes mayores y quedarnos con sus chicas, esta me parecía una excelente oportunidad para hacer una ceremonia de iniciación al estilo de la gran logia de los Búfalos Mojados de los Picapiedra.

¡Señores, como son las cosas! ¿Quién carajo le susurró a Elbimbín que él tenía que desviar su ruta para ir a meter la cabeza en un zafacón? ¿A buscar qué fue ese muchacho para allá? ¿Usted se imagina esa vaina? No era uno ni dos huevos, eran tres. ¿Por qué había un huevo para cada uno?

Mis recuerdos no me acaban de confirmar si llegué a tirar alguno, pero estaba metido en el lío y mi sola presencia apoyaba la causa: "Todos para uno y uno para todos". Los cañones hicieron sus lanzamientos, la trayectoria de las ojivas dibujaron un arco imaginario perfecto, igual al de los libros de física de bachillerato, para colarse por el hueco que dejaba la ventana superior de madera. Así como solía caer en el canasto un gancho del baloncestista Kareem Abdul-Javar, así mismo cayeron los tres huevos podridos dentro del aula: ¡PLOFFF!

¡...Y SE ARMÓ EL JUIDERO! Patica, ¿pa’ qué te tengo? Arrancamos a mil por hora cual carrito rojo de carrera, doblamos en dos gomas la esquina de la tienda “El Mismo Reguerete” de Tolito, cruzamos frente a la ferretería de don Arnulfo Rolfott como "la jon(*) del diablo". Elbimbín iba delante por la acera oeste. Max y yo nos alternábamos entre la otra acera y la calle, y por más que me esforzaba él iba de segundo y yo de chorra(*). Esquivamos carros, motocicletas, estudiantes vespertinos retrasados, perros viralatas, vendedores ambulantes, paleteras, doñas que barrían sus aceras, también saltamos peñones y contenes a gran velocidad. Nos detuvimos al extenuar nuestros cuerpos, cuando el aliento nos faltaba. El cansancio me obligó a permanecer un buen tiempo encorvado, apoyando las manos sobre las rodillas y mirando el piso. Al levantar la cabeza vi que estábamos lejos del desastre nuclear y cerca del campo de aviación, en una época en que no aterrizaban avionetas, no había polideportivo y tampoco zona franca, sólo maleza.

Nos recuperamos y caminamos confiados, celebrando nuestra fechoría, con nuestra risa de oreja a oreja, a carcajada batiente. Elbimbín y Max se habían quitado el “poloché” para despistar ojos que injustamente los quisieran involucrar en el hecho. En cuanto a mí, el pudor no me permitía exponer partes íntimas de mi cuerpo en plena calle. De la nada salieron cuatro tipos en dos “pasolas” haciendo bulla y gritando: "¡AQUÍ ESTÁN, ESTOS SON, AGÁRRENLOS!". Vi a Elbimbín a veces en cámara lenta y otras en cámara rápida, “dao al diablo” tirando trompadas y patadas al aire tratando de alejarlos. Se parecía a Maximus Decimus Meridius, el de la película El Gladiador, con coraje, desafiante, encabronado, con ojos de felino salvaje acorralado, tenía...“The Eye Of The Tiger”. Pero na’, no le sirvió de na’, lo agarraron igual que a Max y a mí.

Ahí íbamos, Elbimbín poniendo resistencia como cerdo camino al matadero, agarrándose del piso con sus pezuñas lo mejor que podía. Max se “remeneaba” a veces   y yo estaba resignado. Dos centinelas nos agarraban a cada uno, cuales terroristas de máxima seguridad a punto de trapear el piso y quitar todo el "bajo" esparcido por aquel “material radioactivo”, según nos amenazaban. Mucha gente salió de sus casas y otros tantos dejaron sus puestos de trabajo para averiguar. Yo tragaba en seco y estaba a punto de llorar. Rogaba dentro de mí que no apareciera algún conocido que fuera a contarle la fechoría a mi papá, y que ningún compañero del colegio me viera, pues de seguro me hubieran hecho bulin. Gracias a unos estudiantes hacendosos que nos vieron muy bichos, ellos mismos se encargaron de limpiar. Terminamos cargando dos o tres cubetas de agua solamente.

En ese corito sano nunca más se volvió a mencionar la palabra karate ni lo de arrebatar aquella belleza importada. Nuestra siguiente reunión fue quizás para volver a jugar pelota de la pared. Hasta el sol de hoy mantuvimos un pacto de caballeros no verbalizado de callar lo ocurrido, y de ni siquiera conversarlo entre nosotros. :)



*Glosario

Chorra. En el argot de juegos infantiles dominicanos, llamábamos chorra a aquel que le tocaba el último turno. La usábamos junto a la palabra “tras”, que significaba que un turno se ubicaba detrás del primero; o sea, segundo. Al pactar el orden de los turnos antes de comenzar un juego infantil, solíamos decir: “Yo voy primero, tú tras y él es chorra". También se usaba para enumerar el orden en que se llegaba a la meta en una carrera: “Yo llegué de primero, tú tras y él chorra”.

Chupones de china. Hollejos de naranja.

Jon. Se sabe que la frase “la jon del diablo" se usa para enfatizar cuando algo se mueve velozmente. Pero, ¿qué significa “jon”? Mi teoría es que “jon” es la forma escrita en español para referirse al sonido que emiten los vehículos cuando van en alta aceleración. (Imite el sonido de un carro acelerando a ver si se le parece: JON-JON-JON). Por otro lado, según el lenguaje popular dominicano, no hay nada en el cosmos que se atreva a ser mejor que el diablo, ni siquiera un dios, así somos de pintorescos y contradictorios. Por esa razón, cualquier objeto, animal o cosa que se mueva muy rápido es comparado con ese señor. Por ende, la oración “cruzamos frente a la ferretería de don Arnulfo Rolfott como la jon del diablo" significa que si hubiéramos medido nuestra velocidad  (jon), hubiera sido similar a la jon del diablo a su máxima velocidad.

Por Jesús W. Del Carpio Santana (Chucho)

viernes, 22 de diciembre de 2017

Empanadillas de cativía en familia



Señores, me dio lo que anda. Alguna de esas esporas de nostalgia que trae la brisa navideña se habrá metido en mí y ha sacado de control mis emociones. Me siento expuesto y con una herida abierta, me declaro en inestabilidad emocional navideña. Los efectos secundarios provocaron que mis pensamientos divagaran por caminos que anduve en mi infancia. Cuando salí de mi trance me encontré a mí mismo salivando por unas, imagínese usted, empanadillas de cativía de las que hacía mi madre. Aquellas que, siendo niño, anhelaba comer desde el preciso momento en que llegaba diciembre.

Les cuento. Las vacaciones escolares decembrinas solían ponerme en hiperactividad absoluta. Mi felicidad se alimentaba con bicicletas, montadas a caballo, correteos por la casa, con el friito matutino, pero sobre todo se alimentaba con la emoción de haber terminado los exámenes y no volver al colegio aunque fuera por tres semanas. ¡Ahhh, cuánta felicidad sentía al dar la espalda a esa rutina! El último timbrazo cerraba el medio año escolar y daba inicio al disfrute de las navidades y los regalos de los reyes magos. Al salir del colegio y pasar frente a la fritura de Doña María de camino a mi casa, me recordaba que pronto llegarían dos festines de la mejor comida del año, uno el 24 y otro el 31 de diciembre.

Aquella burbuja de felicidad se completaba con la presencia de amigos y familiares que llegaban de tierras de ensueño. Me alegraba con saber que algunos amigos vendrían de “los países” y de que mis hermanos mayores vendrían de “la capital”, aquella ciudad que a mi edad era símbolo de progreso y modernidad, donde se hacían los cheques, de edificios altos que no había en Higüey, donde únicamente podía conseguir Hershey’s y Oreos a principios de los años ochenta. ¡Ahhh, la infancia! ¡Qué chulería!

Llegaba el 23 de diciembre, desde temprano sonaba el tilín-clan-clan de calderos y ollas, mi madre repartía instrucciones a cualquiera que le cruzara por el lado: “Chucho: arme la máquina de moler carne. Ivette: póngase en eto’, que hay que hacerle un escabeche a la carne antes del medio día”. Ivette trabajó por muchos años en mi casa, nos vio nacer, crecer, dejó el trabajo y volvió cuando ya éramos hombres. A cualquiera de mis hermanos le decía: “vaya donde Lalo y dígale que mande a buscar las hojuelas”. Si cualquiera de nosotros daba visos de haraganería, ella lo activaba inmediatamente: “Póngase en eto’, que eto’ e’ pa’ hoy”. Los boches se encendían si ella, en su sabia planificación de los quehaceres del hogar, calculaba que terminaría de noche.

Mis hermanos y yo nos turnábamos en la molienda de la carne. Trabajito duro ese, ¡er diache! El techo cobijado de “zinc” disipaba un calor terrible, el sudor corría desde la coronilla de la cabeza hasta aquella parte del cuerpo donde no da el sol. El movimiento monótono de la manigueta cansaba nuestros músculos, obligándonos a alternar entre un brazo y otro.

Llegado el momento de buscar las hojuelas, me aseguraba de estar montado en el vehículo que nos llevaría a la casa de doña Edelmira en el barrio Nazaret. Otro llevaría a cabo el encargo, mi propósito era presenciar por un breve instante el ambiente de ese lugar. Me maravillaba al observar aquel grupo de hombres y mujeres que pelaban, guayaban, secaban, amasaban y cortaban para transformar quintales de yuca en hojuelas de cativía. Los veía como una enorme maquinaria viviente, hecha de herramientas rústicas que funcionaban a base de músculos y perfectamente sincronizada. Doña Edelmira le dedicaba tiempo a todo y a todos para mantener funcionando a toda capacidad esa industria doméstica durante la temporada alta de consumo de empanadillas, diciembre. Ella, usando mandil, paño en la cabeza y luciendo sus características pecas en el rostro, ponía con cuidado 10 pilas de 25 hojuelas en la bandeja de mi mamá, cobraba y volvía a atender cualquiera de sus tantas responsabilidades: responder el teléfono, dirigir la producción, atender al próximo cliente o darle el soberano boche a cualquiera que fuera a comprar hojuelas sin haber reservado con anticipación.

La bandeja de hojuelas, cubierta de un paño impecable, descansaba en el regazo del más fuerte de los mensajeros, para asegurarse de que ese objeto tan preciado llegara a su destino en las mismas condiciones en que se lo entregaron. En ese momento ya solía ser el medio día,  estaban listas la carne y las hojuelas, pero también estaba listo el almuerzo.

Terminado el trajín matutino, el “fregao” del almuerzo y el cafecito post-siesta de mi papá, llegaba el momento adecuado para comenzar la segunda fase de la operación empanadillas. Mi mamá ordenaba a cualquiera de nosotros, con firmeza y en tono jocoso: “vaya a la nevera y tráigame el vino, ¡pero rápido!”. De vuelta a la cocina, regresaba el emisario con una botella de vino Cinzano blanco que había sido comprada con alevosía días antes. El “crack” que sonaba al destapar la botella era el disparo que iniciaba la carrera de las empanadillas. Mientras avanzaba el trabajo, crecían en mí las expectativas del festín. Ella echaba cuidadosamente la carne en la hojuelas, mojaba sus dedos para hacer que el almidón de la yuca formara un engrudo que servía de pegamento natural, jutaba los bordes y los apretaba gentilmente entre sí. Este proceso se repetía cuidadosamente doscientas cincuenta o trescientas veces hasta que se completaba ese mismo número de empanadas rechonchas, cuidándose de que no se abriera el mínimo hueco en aquella “tela de yuca”.

Al mismo tiempo, Ivette comenzaba a freir las primeras de las producción. De vez en cuando se oía alguna empanadilla explotar y regarse el aceite por todas partes, y detrás se escuchaba el lamento de mamá decir: “¡Carajo, se rompió una, sácala del caldero, juuuye!”.  Entre tragos de Cinzano, fritura y explosiones de empanadas transcurría la tarde hasta recién entrada la noche. Por otro lado, mis hermanos y yo llevábamos su respectivo plato de empanadillas a tíos y algunos relacionados. De la misma manera, recibíamos de sus manos algún “cariñito” que ellos enviaban a mis padres, lo cual se convertía en un trueque de afectos y parabienes en forma de comida.

Siempre mis hermanos y yo merodeábamos cerca de la cocina y le “marchábamos” enseguida a las que recién salían del caldero. Cuando yo lo hacía, si no me quemaba la boca por estar de “agallú”, disfrutaba una de las experiencias gastronómicas más trascendentales en mi vida. El humito de la empanada recién frita se metía por la nariz acompañada del olor particular de la cativía, era un olor ligeramente agrio debido al proceso de secado de la yuca. El sonido crocante de la primera mordida destapaba cientos de años de tradición higueyana transformados en sabor, aderezados con la costumbre familiar de los Santana Rodríguez que mi madre heredó de doña Anita, mi abuela. Estaban secas, siempre secas, nunca enchumbadas de aceite, como debe freirse una empanadilla. Con cada mordida se mezclaban los sabores a carne de cerdo, cativía y pasas que se complementaban armoniosamente para producir un placer que terminaba sólo cuando ya me sentía “timbí”.

Amigo lector, por favor, tenga decoro y límpiese la babita que le está saliendo por la comisura de los labios, ya estamos terminando.

Las experiencias con las empanadillas de yuca solían ser diversas dependiendo del momento en que eran comidas. Ya fueran recalentadas en la cena del 24 de diciembre, recalentadas en la mañana y acompañadas de un vaso de leche, o temprano de la noche acompañadas de una taza de té de jengibre bien caliente, siempre fueron un manjar. El trueque familiar me permitía comerlas de diferentes procedencias y no podía evitar compararlas. ¡Claro! Para mí, las de mi mamá siempre ganaban. Me pasaba la navidad envuelto entre múltiples sabores y texturas de empanadillas, llegando al punto de darme casi un choque de sazones.

Las vacaciones se iban desinflando y yo iba bajando mi nivel de exaltación en la misma medida en que se acercaba el toque de timbre del colegio. Terminaba esa época del año con la esperanza de que el próximo pudiera volver a comerlas de nuevo. Caminaba todos los días frente a la fritura de Doña María y, aunque su fritura era muy concurrida, no se equiparaba a la experiencia de una empanadilla de cativía en familia.


La cena de nochebuena, en vez de ser un momento en el tiempo, la veo como un recorrido que suele involucrar la familia extendida, desde el momento mismo en que comienza la planificación. En nuestro caso era un trabajo que se hacía en equipo sin tener conciencia de ello, desde el aporte económico de mi padre, el trabajo duro de mi madre y sus asistentes, hasta la modesta colaboración de sus hijos. Agradezco a mis padres por llevarnos cada año por ese sendero, en especial a mi madre, que se fajaba muy duro para que este batallón de gente que llamamos familia pudiera disfrutar de estos momentos. Fueron vivencias que recordaremos y disfrutaremos mientras ocupemos un espacio en esta tierra.


También importante en los límites de mi familia era la participación activa de Ivette y otras mujeres, quienes fielmente estuvieron a la orden de mi madre para ayudar incondicionalmente en cualquiera de las tareas de la cocina y el hogar en general.

Pongo en perspectiva la fortaleza de esta mujer que llamaban Edelmira, en el barrio Nazaret. Hoy valoro esta señora, al igual que muchas otras, como una micro empresaria de muchas luces: productora, comerciante, capataz, líder, madre y muchos roles más. Mujer de una fortaleza admirable que tenía que empantalonarse para dirigir una legión de hombres y mujeres que le ayudaban a cumplir compromisos durante todo un año, especialmente en diciembre.

Igualmente reconozco el inmenso valor de Julia Donastorg (María Guayando), con su puesto de fritura en la esquina que llamábamos “la esquina de Pipo Roca”. Tanto así que sirvió de inspiración a Los Hermanos Rosario para componer la canción María y de ejemplo de trabajo a muchos. Su vida se desarrolló en forma de un ciclo de trabajo contínuo que le permitió sacar hacia adelante su familia: guayar y guisar para freir, vender, cobrar y volver a repetir el ciclo diariamente.

Estas mujeres, desde sus diferentes roles en la sociedad, han contribuido a mantener la tradición de las empanadillas de cativía. ¡Mi respeto y admiración para ellas!

Por Jesús W. Del Carpio Santana (Chucho)