jueves, 24 de diciembre de 2020

Mi amiga la Profe me cuenta cosas

Muchacho, pero deja la teoría y ven, así me dijo mi amiga la Profe luego de que le estaba diciendo  lo siguiente, “Después de todos estos meses de llamadas, mensajes de WhatsApp y un distanciamiento más que social, personal decidamos no dejar que un virus mate una amistad, que un nuevo orden de comportamiento desaparezca lo que nos hace mas humanos, vamos a  juntarnos”

 

Tu siempre andando por la regla, ven por aquí con tu mascarilla y olvídate un rato de todo. No lo voy a negar, tragué en seco no es lo mismo llamar al virus que verlo llegar y adentrarse al epicentro del contagio como es cualquier lugar fuera de tu casa, no era lo que tenía pensado pero por alguna razón las palabras de mi amiga la Profe tuvieron un efecto y decidí aventurarme y visitarla, total, si he ido al supermercado, a un banco y hasta al dentista que me impedía pasar por donde mi amiga, así que me encomendé, me puse doble mascarilla y fui para el barrio.

 

Un sentimiento raro afloró en mi mente al verla levantando su mano y  saludando pero sin poder ver su regordete y sonriente rostro recibirme como siempre, creo que la presencia de la mascarilla y no poder ver su cara completa y tratar de adivinar su sincera sonrisa le quitó un poco de magia a esas siempre cálidas bienvenidas, pero igual sentí un regocijo inmediato ya que seguía sana, viva y ella, la noté más delgada aunque creo que era la sensación mía compensando las libras que yo había aumentado.

 
Así las cosas, la silla plástica fue ofrecida, el barrio estaba mas calmado que de costumbre y la conversación empezó, un par de vecinos ya no estaban, se han ido para siempre, la música siempre presente en la calle estaba a bajo volumen y empezamos a ponernos al día.

 

Hubo un silencio prolongado y creo que durante ese tiempo nos dijimos muchas cosas, ella a mi y yo a ella, destapamos la cerveza y llenamos los vasos, todo en silencio, antes del primer trago nos miramos y en silencio bajamos las mascarillas, nos tomamos un trago y en silencio nos miramos nuevamente, noté en sus ojos un brillo triste, la Profe es una mujer hecha de batallas, un ser humano que ha sorteado muchas dificultades y acorazada de una gran fuerza, pero debajo de todo eso muy sensible, unos pocos como yo lo saben, nadie la ha visto llorar, yo si  y ese silencio era una gran conversación, en ese silencio podía escuchar claramente que el mundo la había cambiado y que ella se resistía a aceptarlo pero sabía que poco podía hacer, en ese silencio escuché sus ojos decirme que esperaba con fe de niño como dice su Salsa favorita que todo cambie para mejor, luego de otro trago y respirar profundo para exhalar los malos pensamientos me paré y fui hasta el carro y terminamos la conversación en silencio escuchado Corazón Guerrero de Willie Colon, no recuerdo como me despedí, creo que solo me paré y movimos las manos diciendo en silencio, nos veremos otra vez.

Pintura de: Erin Loree
http://www.erinloree.com/new-work
Deep Conversations / oil on panel / 24 x 30 inches (Available)


viernes, 25 de septiembre de 2020

O pique o majarete

Por: Jesús Waldeltrudis Del Carpio Santana.

Estaba sobreentendido que ese día se comería majarete en mi casa, no era menester que me lo dijeran, se “olía” en el ambiente. Si no, ¿por qué estaba sobre la mesa el caldero grande si sólo lo usaban cuando se hacía habichuelas con dulce, majarete o pan de batata? ¿Y qué hacía medio saco de maíz tierno en el cuartico donde se guardaban los víveres? ¿Y el anafe? A ese lo arrastraban por la oreja hacia el callejón sólo cuando se iba a cocinar platos especiales o cuando se hervía la ropa. La vainilla, la canela, el azúcar…, estaban todas sobre la mesa. ¡Jum! Ya esto como que está oliendo a bueno.


Me puse medio chivirico, buena onda, haciéndole a mi mamá preguntas pendejas que hasta un niño de 5 años se sabía, buscándole la vuelta para asegurar no sólo mi tacita, sino también el caldero. Obviamente, no para fregarlo, sino para comerme el concón. Por cierto, hablando de tacita, siempre consideré injusto que en mi casa se hiciera un calderazo de majarete y que a mis hermanos y a mí nos tocara una fuentecita, de esas que hoy le dicen dizque “bowl”. Entre repartidera y repartidera, se esfumaba y me quedaba la sensación de que sólo me untaba la boca. Aunque en ocasiones se quedaban algunas tacitas anónimas en la nevera, que al final terminaban cayendo en mi buche, la ración oficial era la que me daban el día que se hacía.


Mientras mi mamá se consumía dándole pa’quí y pa’lla a cada mazorca sobre el guayo, y mientras exprimía ese caldero de maíz guayado en un paño más blanco que toca de monja, yo seguía metiéndole caltri a la doña para que me diera el caldero. Pero hasta ahí llegó mi participación en el proceso, eso de estar cogiendo calor al lado de un anafe no era lo mío. Arranqué en FA en mi bicicleta, a doblar calles y enderezar las esquinas del pueblo mientras se apagaban las brazas.


De vuelta a la casa arranqué directo y en vivo para la cocina a buscar lo mío, y desde el pasillo, el vecindario escuchó mi voz y su eco: “¡Mamá, mi majarete, ete, ete, ete!”. Demasiado rápido iba este muchachito cuando se estrelló con el rostro adusto de su madre. Noté cómo ella se esforzaba en ser lenta para la ira y grande en misericordia. Sus emociones transitaban velozmente en un circuito de montañas de enojo, valles de resignación y baches de impotencia cuando le pregunté: 


- ¿Qué pasa, mamá?


- Se cortó el majarete. Respondió ella entre dientes y en voz baja.  


¡Oh Dios, qué tragedia! No era posible que después de tanto plagoseo, no habría ni tacita ni caldero. ¡Tan buen trabajo de allante que hice, para nada! Pero al volver en mí y entrar en la razón de mis escasos 10 años, pregunté: 


- ¿Y por qué se cortó?


A lo que ella respondió: - Cogí un pique con la mujer del servicio y se me cortó el majarete. 


- Pero, ¿cómo así mamá?


- ¡Nada, mi hijo! Que cuando uno va a hacer majarete, tiene que estar tranquilo y no puede hacer mala sangre, porque se corta.


Eso no me sonaba a nada que pudiera estar escrito en un libro de Ciencias Naturales de 6to grado, ni de 4to bachillerato, ni de la universidad siquiera, pero yo no tenía argumentos para refutarlo, mucho menos tenía la suficiente habilidad para esquivar un garrotazo de mi madre si me ponía a decirle que eso no funcionaba así. Preferí irme a un colmado a refugiar mi desolación en una galleta Guarina y ahogar mis lamentos en un refresco merengue Country Club. Ese axioma de que “un pique corta un majarete” pasó a ser una simple cábala cuando llegaron los años en que las verdades de mis padres ya no eran absolutas, sino obsoletas, cosas que se inventan los viejos y se lo dicen a los muchachos porque muchachos, muchachos son. Eso de pique y majarete cortado quedó en el anaquel de los recuerdos inútiles, sección de cábalas, que reflexionando sobre ellas a veces me pregunto: “¿Y si esa vaina es verdad?”.


Mi mamá escuchó sobre la relación entre un pique y un majarete múltiples veces en El Bonao, el campo de Higüey donde ella nació, probablemente de boca de su madre, su tía Serbia y compañeras de algún convite. Mamá sólo pudo explicarlo con las palabras que le habían transmitido generacionalmente, porque no tenía otros medios para hacerlo. Hoy abrazo su verdad y me atrevo a darle un trato más justo, ver la cábala como una hipótesis que se podría demostrar con simple intuición y ser aceptada como válida. Y yo pregunto: ¿qué tal si la leche hervida derramada, la habichuela ahumada, el majarete cortado, accidentes de tránsito y proyectos personales fracasados tienen algo en común? Mi opinión es que sí. 


En otro caso similar, siendo adulto me hice una herida tratando de partir un aguacate. Dígame usted cuál dominicano se corta dizque partiendo un aguacate. ¡Inconcebible, ni que se quisiera hacer el sueco!  Fue necesario visitar la sala de emergencia, y después de la sutura reflexioné sobre cómo fue que provoqué daño a mi cuerpo, gastos innecesarios, sinsabores y pérdida de tiempo, pero sobre todo, cómo ocurrió la torpeza de fallar cortando un aguacate. Recordé que mientras cortaba, mis sentidos no estaban ahí, sino lejos, preocupado por una situación personal. Sentía el deseo de alimentar mis pensamientos, de crear una fantasía, una película con título y banda sonora donde yo mismo era protagonista, guionista, director y productor. La conclusión de mi introspección fue que mientras cortaba la fruta, por estar pensando en todo, menos en el aquí y ahora, el cuchillo alcanzó mi mano derecha y me corté, todo fue producto de una distracción. Ese fue el momento en que el caso del majarete bajó del anaquel de los recuerdos inútiles. Sentí un corto, pero profundo y satisfactorio momento de serendipia al entender lo que le pasó a mi madre y me dije: “¡Coño! El majarete se cortó por el pique”, que en realidad no era nada nuevo, sino lo mismo que me dijo mi mamá 30 años antes. Lo que quise decir fue que su enojo provocó distracción, y esta el majarete cortado. De ahí que “pique corta majarete”.


Es verdad que el diablo sabe más por viejo que por diablo, y que al campesino le rebosa la sabiduría, aún sin grado ni maestría. Yo, por mi parte, el día que decida hacer un majarete, me aplacaré antes de prender el anafe porque hay que elegir, o pique o majarete.


miércoles, 13 de mayo de 2020

Manchas



Antes de llamarme Manchas, no tenía nombre, solo vagaba por las calles y a diferencia de las fabulas de Esopo mi vida no era total libertad y hacer lo que venga en ganas, tenía que luchar por vivir, pelear, pasar frio y hambre; además de eso aguantar y esperar no morir o a veces para que por fin mi sufrimiento pare, esperar morir cuando tenía alguna enfermedad, no anhelaba más nada que poder vivir un día más.

Yo era un realengo, uno de esos que le corren a piedras invisibles y no tienen suficiente razones para ladrar, a parte del hambre, el olor afrodisiaco de una hembra en celo era lo único que me movía y casi siempre terminaba como un triste espectador de la suerte de los más fuertes, ¿qué diferencia había entre estar castrado y no poder?, pues mucha, el castrado no le importa, el que no puede, quiere, pero perdió la fiera pelea por el “derecho” a aparearse; parece que he olvidado algunas cosas de esos tiempos, pero he aprendido otras, yo corrí con suerte, pero que mi historia no te haga pensar que aún no hay miles como era yo, y quisiera que no, quisiera que hoy fueran Perricientos. 

Espera, Perriciento?, no es Machas tu nombre?

Bueno si, Machas el Perriciento, porque parece que la historia de la Cenicienta no solo es a princesas en cuentos de hadas, también sucede en la vida real, como me pasó a mí y aunque no parezca tenemos sueños y anhelos aunque la dura vida nos haga ponerlos a un lado.

El día más trascendente de mi vida estaba asustado, aterrado y quería correr; si, correr por mi vida pero si algo un realengo aprende rápido es a oler la maldad, la crueldad y huir de ella, no importa si estás herido, corres y escapas, pero ese día no corrí ante el hombre que se paró y me dejó algo de comer, no era veneno como le pasó a un compañero, pude ver desde lejos niños en el vehículo del cual bajó para traerme algo de comer, olí la comida y con desconfianza probé un bocado, vi niños alegres en el vehículo porque yo comía y también vi los ojos de hombre que me alimentaba, no habló, no dijo nada, solo me miró, su mirada parecía agradecida de que haya confiado en él, luego se fue.
Mis días siguieron y el hombre pasaba y me dejaba algo de comer, sé que no eran sobras, me compraba comida y yo a veces la compartía, otras veces no, solo los que han sentido hambre al punto de morir podrán entender.

Ese día llegó el hombre y como si nos entendiéramos, se paró frente a mí, no tenía nada en sus manos, solo abrió la compuerta de su camioneta y tocó con su mano me invitó a entrar, no me despedí porque no había de quién, subí y llegué a la casa en donde estaban los niños del vehículo, dos niñas, un niño y mi segunda dueña.

Te parecerá mentira pero es real, me llevaron a al doctor, le dicen veterinario, un baño te hace cambiar, quedé como nunca, luego vitaminas, desparasitación, vacunas y una escuela, si aunque no lo creas, una escuela, pero lo más importante que es tengo un hogar y  todavía más importante he recibido abrazos, cariño y todavía más importante, la certeza de que tengo una familia.
Ya no es como antes que no tenía nombre y solo vagaba por las calles ahora anhelo más que vivir un día más, anhelo muchas cosas y la principal es que existan más personas como Aroldo y su familia para que hayan muchos más Perricientos.

martes, 5 de noviembre de 2019

Pobre Noviembre



Hablando de todo como los....
A la verdad que Noviembre en la familia de los meses del año debe de sentirse como un hermano bastardo, rechazado y menospreciado. Hasta su nombre embienza Negativo, NO-viembre, seguramente envidia a su hermano Diciembre, pues todo el mundo quiere que llegue Diciembre, con Juanita, con el Doble y con toda la promesa de parrandas y cosas nuevas, y Noviembre pierde toda la oportunidad de ser disfrutado y se le ignora todo lo que puede ofrecer, seguramente ha ido al psicólogo por esta razón o lamiendo sus heridas en la intimidad de sus pensamientos ha querido que diciembre sea débil como su único mes hermano que seguramente comparten penas, este mes es Febrero que debe desde los orígenes del tiempo odiar a Muerte a Julio y Agosto pues estos le robaron cada uno un día y por eso él hoy es por todo el mes más efímero y débil, acusado de pagano y apostata. Imagino que estos dos meses deben sentir que son los más desdichados de todo el calendario.

domingo, 30 de junio de 2019

La pensión de mi amiga la profe






Mi amiga la profe casi sucumbía al deseo de darle una galleta a ese carajito mal educado, malapalabroso y abusador, sus años de estudios en el magisterio, sus tantos cursillos en la ADP y experiencia de décadas no habían podido cambiar del todo los valores que marcan su personalidad y edifican su forma de actuar; los muchachos respetan a los mayores y no dicen malas palabras, pero ya no son así, se detenía y pensaba, visualizaba el día que le llegaría su pensión dejaría de lidiar con todo, sus compañeros, los carajitos y sobretodo con los padres de esos embriones de delincuentes.


Así fue que entendí porque casi entre lágrimas me decía que había perdido su vocación y que prefería tener una escuelita ratonera y alfabetizar con el libro nacho a niños del barrio que ser parte de las escuelas de tanda extendida con computadoras en donde ya no hay una escuela, sí no un plantel, en donde los muchachos amenazan los profesores y donde hay que pasarlos “obligao”.

Me extrañe mucho de su brote filosófico y esa catarsis inesperada, así que me centré en solo escucharla y notar cada palabra, cada cambio en la inflexión de su voz, cada respiro, ya una vez aliviada por su aligerante confesión se desdobló de su yo interior y mostró nuevamente la coraza de la profe, me miró fijamente y por unos segundos callamos, entendí que quería decir eso hace tiempo y había encontrado la oportunidad de expresarlo aunque no sea a quien realmente se lo merecía, luego respiró profundamente y me dijo, no todo está perdido, pero mi tiempo como maestra está acabando.


Le pregunté, ¿te rendiste?, me respondió,  –No, entendí, entendí que ya no soy parte del sistema, que puedo cambiar pero dejaré de ser yo, dejo el plantel pero no la enseñanza.

jueves, 25 de abril de 2019

Cocolito, ¡un angelito!

(Basado en un hecho real).


Por: Jesús Waldeltrudis Del Carpio Santana

Cocolito salió corriendo de su casa dejando atrás el grito de doña Najita: "¡YO TE AGARRO AHORITA, PUÑETERO!". La puerta de madera  desvencijada se estrelló tras él, después de un largo crujido que delataba el desnivel de sus bisagras y el óxido que las adornaba. El niño creía que huía de su abuela, a quien había sacado de sus cabales, pero en verdad se alejaba de la vara de naranjo que ella solía desflecar sobre los cueros de sus piernas y que él trataba de esquivar dando brinquitos.

Pasó por la tienda de su padre a pedir las bendiciones y un chele con el que compraría un "palito latigoso". Ya con el ritmo cardíaco estable, caminaba o saltaba en dirección a recibir el pan de la enseñanza. En el trayecto se divirtió pateando una lata vieja o simulando con sus dedos un gigante que corría sobre las paredes.

Sin nada que cargar, más que su imaginación, pasó por la ebanistería del viejo Evaristo a recolectar desechos, pequeños pedazos de madera, que por su forma y cortes perfectos le parecieran útiles: cilindros, triángulos y rectángulos. Ya fuera para usarlos en su parché de cartón, para construir una patineta de madera o cualquier otro uso, quién sabe, la simetría de sus formas le decía que para algo debían servir. Los agregaría a su colección de objetos de valor: peronilas, semillas de zapote, una algarroba, 24 clavos viejos, tres cajas de bola, caracoles y un coral muerto. Los guardaría en su cofre, aquel viejo recipiente redondo de metal oxidado que su abuela había desechado, que una vez fue repositorio de hilos y agujas, y que antes había sido una de las pocas latas de galletas danesas que llegaron al pueblo para las navidades.

Finalmente llegó a la esquina de la Escuela Hogar #33, conocida también como la escuela de doña Natalia. Una de la pocas calles asfaltadas del pueblo daba acceso a la vieja casa hecha de tablas de palma y cana que alojaba la fuente de alfabetización. Cocolito llegó al patio con sus bolsillos cargados de madera, cinco canicas y un "bon", despertando la envidia de sus compañeros. Entró al único salón de clases que había, donde se mezclaban niños de primero hasta tercer grado. Sentado sobre un pupitre marrón de dos asientos, se le podía ver escribir "Mi mamá me mima. Yo amo mi mamá."; o dejar plasmada la evidencia de que "2 + 2 = 4".

En medio de su afán escolar fue atacado por borborigmos que alertaban una posible visita a la letrina. La frecuencia e intensidad de estos ruidos intestinales fueron aumentando hasta que el dolor le forzó a salir rápidamente del salón. Cruzó el patio pisando piedras y malezas, hacia el fondo, donde se divisaba una vieja y destartalada casucha con paredes y techo de zinc. Sus colores estaban recubiertos de aquel ocre, a veces anaranjado, a veces rojizo, que resulta de la lluvia, el inclemente sol tropical, el tiempo y la maldita pobreza de un país saqueado.

Entró rápidamente, se despojó de sus pantalones y se puso en cuclillas sobre la bacineta casi rebosada de aquella materia maloliente que prefiero no describir. Hizo su descarga mientras observaba la pared destartalada y un frondoso árbol de ponceré que se alcanzaba a ver a través del medio techo descubierto. Su paz fue arrebatada por el golpe de una semilla de esa fruta. Tras esa, otra, y otra, y otra, tac-tac-tac-tac, exacerbándolo. Se incorporó para investigar, viendo a través de una hendija que dos individuos le atacaban.

- ¡Ay coooño, pero si son Nenito y Basilito! Se dijo a sí mismo.

Pensó que desde allí adentro podría dispararle con su tirapiedras o con el rifle de grapas que hizo de madera y goma, si los tuviera a mano. Buscó desesperadamente algo con qué atacar y divisó medio palo de escoba que podría usar como arma de corto alcance. Armó su estrategia, abriría la puerta de repente con el brazo izquierdo y atacaría con el derecho.

Así lo hizo, contó: 1, 2 y 3. Con ímpetu, abrió la puerta, tiró un primer zarpazo en diagonal de derecha a izquierda. Aprovechó el impulso para lanzar otro de izquierda a derecha, formando una "X" en el aire. Del palo se desprendieron y viajaron por el aire como ráfaga de magma, chorros de materia fecal que Cocolito había recogido al sumergir el palo en el hoyo de la letrina. Esta empapó ropa, cabello, cara y zapatos de sus agresores. Como lo que va viene, lo que sube baja y el karma cae, el mismo angelito, Cocolito, quedó embadurnado de ese betún cobrizo.

Las consecuencias no se hicieron esperar, pesó más el embarre, que los golpes de las semillas. Las dos víctimas fueron despachadas a sus casas y regresaron remozadas, mientras Cocolito fue puesto de castigo contra la pared en el aula, entre moscas y malos olores.

En un acto comparable sólo a las prácticas montessorianas, para encausar por el bien esas mentes incipientes, dos de ellos fueron presentados frente a los alumnos. Estando la maestra en el centro, Cocolito a su izquierda espantándose las moscas, y Nenito a su derecha, esta preguntó a sus estudiantes con voz enérgica, alta e impostada; en resumen, con voz de político en campaña:

- ¿CÓMO ESTÁ NENIIITOOO?, señalando al niño de la derecha con ambas manos.

Cual poesía coreada, todos respondieron: ¡PERFUMAAADOOO!

- ¿Y CÓMO ESTÁ COCOLIIITOOO?, señalando al otro niño.

De igual forma vociferaron: ¡JEDIONDIIITOOO!

Este intercambio fue repetido varias veces tratando de quebrar la soberbia visible en el rostro de Cocolito, lo cual fue inútil.

Jediondito quedó Cocolito hasta la hora de salida, cuando se fue a casa con los retazos de madera, las canicas y su bon. Conservaba en sus adentros la satisfacción de haber vengado el no poder obrar en paz en la letrina. Caminando orondo y despreocupado, desanduvo lo recorrido en la mañana. Al entrar a su casa sintió que cinco argollas abrazaban firmemente su muñeca izquierda y escuchó una voz que le dijo: “Tú tienes un asunto pendiente conmigo…”.

Así fue ese angelito a practicar la danza del ramo de naranjo y pedir clemencia: ¡GUAY, NO ME DE', NO ME DE', NO ME DE'! ¡NO AGUELA, NO ME DE', NO ME DE'!...------------------------

La escuela de Doña Natalia, ubicada en la calle Remigio Del Castillo esquina Pedro Livio Cedeño y dirigida por doña Natalia Blanco, fue casa de alfabetización para más de una generación de higueyanos, siendo recordada con nostalgia, a pesar de las precariedades con que operaba. La recuerdo pintada de azul, con sus postes de madera cansados y encorvados por el transcurrir de los años, dando paso a cada nueva escuela que surgía y que lentamente la desangraba.

Bon. Los muchachos de mi época le llamaban así a las canicas más grandes, que eran lanzadas a las de tamaño regular. Un bon era al juego de bolas (canicas) lo que es la bola blanca al billar.

lunes, 15 de abril de 2019

El Bacá




El Bacá había soportado el paso del tiempo escondido en la soledad del bosque vagando sin rumbo por las lomas del Aguacate Arriba en la provincia de Gaspar Hernandez, la muerte de su dueño y creador muchos años anterior a la década de 1930 lo habían dejado solo y condenado a una vida sumergida en las sombras, aún más que antes.

Su existencia se había reducido a comer en los basureros de las afueras del horrendo pueblo que estaba al pie de su guarida y recoger monedas, para esto tenía una especial destreza, no las robaba, solo recuperaba las pérdidas, las clasificaba por fecha, por tamaño, denominación y alguna que otra vez dejaba alguna de las más valiosas al pie de la entrada de la Iglesia y se alejaba rápido y sigiloso, su instinto natural de ser un ser anti natura le obligaba a alejarse de lugares parecidos.

La casita que una vez sirvió para el guardabosques ahora estaba casi destruida, cubierta por completo de arbustos y maleza que la hacían parecer más que una ruina, una protuberancia caprichosa del terreno realidad que hacía imposible pensar que allí estuviera la guarida del Bacá, en su soledad se conformaba con contar las modernas, organizarlas, limpiarlas y cuando alguna vieja columna de la casa estaba por sucumbir al deterioro por el tiempo el Bacá se las ingeniaba y apilaba varios cientos de miles de modernas para sustituir la inservible columna, los años seguían pasando y el Bacá empezó a sentir más la soledad, el maleficio de su creador había asegurado su fuerza sobrenatural y con esta su inquebrantable salud, no había frío, calor, tempestad o ventisca que le enfermara, solo sentía náuseas una vez al año cuando el olor del incienso en la celebraciones de año nuevo llegaban desde el pueblo a lo alto de su guarida, en los meses siguientes esa inmensa soledad que por ser diferente a todos los del pueblo le obliga a estar oculto y solo salir de noche a chupar la sangre de los becerros y comer carroñas; solo una vez al año salía de día porque nadie era capaz de ir a trabajar los conucos en Viernes Santo, nunca mataba animales y menos en Viernes Santo, solo vagaba para poder disfrutar de un aire diferente a la luz del día. Su noción del tiempo estaba regida solo por las fases de la luna, las lluvias del mes de Mayo y una que otra estrella que podía ver en algunos meses.

Nadie lo recuerda pero cuando ocurrió la desgracia que dejó al Bacá solo por siempre él tomó como nombre Mariano, como el primogénito del mejor amigo de su dueño, esa historia es vieja y el Bacá, ahora Mariano no la quiere recordar.

Un Viernes Santo de 1932 posiblemente bisiesto, Mariano vio como todas las Mauras sobrevolaban una parte del terreno y se adelantó a probar primero del festín, al llegar las náuseas lo dominaron y se dio cuenta del peligro que corría al ver a la distancia a los habitantes del pueblo rodeando al cadáver de un hombre que no pudo reconocer, ni por contextura ni por forma, los rezos inundaban el silencio y la guardia empezaba a retirarlo, un hombre conocido como el Brujo del Pueblo empezó un extraño ritual en base a incienso y agua dudosamente bendita, Mariano se sentía morir y se arrastró sin ser visto y como pudo hasta su guarida, al llegar nada mejoró, sus ojos rojizos ardían, la fuerza que siempre lo había acompañado parecía haberle abandonado y cayó en un sueño profundo y enfermizo, seis días después vio la luz, sentía hambre y casi no podía caminar, el pánico casi lo dominaba, más de cien años sin sentir ni frio y ahora ser incapaz de caminar, no era para menos, se arrastró por la casa y tomó un poco de agua, sitió el sabor a tierra de esta e hizo un esfuerzo para tragarla, intentó convertirse en un Sarnicaro para así poder cazar algún ave pero no pudo, lo intentó varias veces y en medio del tremendo cansancio que lo dominaba no pudo logarlo así que no lo intentó más y finalmente se convirtió en una rata, tan pequeña como sus energías se lo permitieron y así ir a buscar que comer en donde pueda, lo que sea.


Entraba la penumbra de una tarde que sería más breve que lo normal y una vez saciada su hambre volvió a su aspecto habitual en donde sus sentidos eran más agudos y donde pudo sentir el peligro eminente, escuchaba a la guardia buscando entre los matorrales al asesino del hombre que Mariano no pudo reconocer, cada vez los escuchaba más cerca, el pánico no era sentimiento que Mariano conociera, pero una inusual incertidumbre lo acogía, las pisadas retumbaban en su cabeza como si caminaran sobre él, sus ojos rojizos dilataban sus pupilas para ver mejor, su raro pelaje se erizaba sobre cada poro de su cuerpo y se preparaba para lo peor, de repente las pisadas estaban sobre el manto de hiedra que escondía la entrada de la guarida, Mariano aguardaba en silencio esperando no ser visto, las voces se escuchaban claramente decir, -Seguro está por aquí. –Por allá decían otros. Mariano aguardaba en silencio y decidido, de repente una luz amarillenta penetró por la guarida y Mariano con un rugido solo comprensible por su naturaleza, salió corriendo entre los hombres que solo pudieron ver un celaje negruzco y su figura de hombre animal que paso entre ellos dejándolos sorprendidos, inmediatamente y como si de un trance se tratara cayeron todos hincados y empezaron a persignarse golpeando sus pechos pidiendo perdón por sus pecados no toque la casualidad de que ese sea el último día de sus vidas, un disparo al aire iluminó el denso bosque por un segundo y dejó en la mente de todos el recuerdo de una bestia alejándose por un lado y ellos por otro.

Todavía al día de hoy se escuchan las leyendas de los más viejos decir que Enrique Blanco el hombre que mató al desconocido se les había aparecido y como un rayo se convirtió en una bestia con aspecto de hombre y desapareció dejando el bosque oscuro y solitario y que desde ese entonces nadie más ha vuelto a lomas del Aguacate Arriba en la provincia de Gaspar Hernandez, tal vez Mariano todavía viva en su guarida llena de monedas.